lunes, 16 de agosto de 2021

La nueva expresión monetaria y la cantidad de bolívares
















La nueva expresión monetaria y la cantidad de bolívares

Agosto 16, 2021

Pasqualina Curcio

Cuando usted el 1ero de octubre chequee su cuenta bancaria notará que lo que el 30 de septiembre eran, por ejemplo, 50.000.000 de bolívares soberanos (BsS) pasarán a ser 50 bolívares de los digitales (BsD).

No se preocupe, simplemente dividirán su saldo entre 1 millón, como también dividirán entre 1 millón el saldo de sus deudas con el banco, el precio de todas las mercancías que usted compra, el salario que le pagan, incluso el PIB, la cantidad de dinero que circula en la economía y por supuesto el tipo de cambio.

Todo lo que se exprese en bolívares será dividido entre 1 millón.

El PIB pasará de BsS 160.304.505.261.110.000 a BsD 160.304.505.000, no porque de la noche a la mañana vaya a caer 1 millón de veces la producción, se seguirá produciendo la misma cantidad solo que, los valores del PIB estarán expresados en una nueva escala monetaria.

Quizás un ejemplo ayude a ilustrar esto: suponga que en una economía solo se producen 10 panes a un precio de Bs 1.000.000 cada pan, el PIB es Bs 10.000.000 (10 panes multiplicado por 1.000.000 Bs cada pan).

Si el Estado decide cambiar la escala monetaria y eliminar 6 ceros, el precio de cada pan será 1 bolívar, por lo tanto, el PIB pasará a ser 10 bolívares (10 panes multiplicado por 1 Bs cada pan).

En esa economía no se está produciendo menos, se siguen horneando 10 panes.

El presupuesto de gasto de la administración pública pasará de ser BsS 3.972.000.000.000.000 a BsD 3.972.000.000.

No se trata de un recorte del presupuesto, las metas siguen siendo las mismas y la capacidad de compra de la administración pública no variará.

Por su parte, el tipo de cambio será, por ejemplo, 4,1 BsD/US$ y no 4.100.000 BsS/US$.

 No es que se apreciará nuestro bolívar de la noche a la mañana, este también será un efecto de la nueva escala y expresión monetarias.

La cantidad de dinero que circula en Venezuela pasará de BsS 2.166.898.704.103.480 a BsD 2.166.898.704, es decir, de un día para otro será 1 millón de veces menor.

En el ejemplo de los panes, si en esa economía cuyo PIB era 10 millones de bolívares circulaban 10 millones de bolívares, una vez que la autoridad monetaria decida cambiar la escala y el PIB pase a ser 10, también se reducirá la cantidad de dinero de 10 millones a 10.

¿Para qué se necesitarían 10 millones de bolívares si con 10 es suficiente para intercambiar los panes que se producen? Aquí, lo que verdaderamente importa, el indicador relevante, es la proporción entre la cantidad de dinero que circula y el nivel de producción (PIB), ésta se mantendrá igual: hoy en Venezuela es 1,31% (resulta de dividir BsS 2.166 billones entre BsS 160.304 billones) el 1ero de octubre seguirá siendo 1,31%.

Los monetaristas afirman que cualquier aumento de la cantidad de dinero generará inflación, les preguntamos ¿podemos decir entonces que, por el contrario, la disminución de la cantidad de dinero de 2.166 billones a 2.166 millones implicará una caída de los precios y por lo tanto una mejora del poder adquisitivo de la clase obrera?

Ellos saben que no porque todos las expresiones monetarias se ajustarán en función de la nueva escala.

Hagamos el ejercicio al revés.

Imagine que el Estado, en lugar de quitar 6 ceros los añade a partir del 1ero de octubre. ¿Qué ocurrirá? Todos, absolutamente todos los precios y expresiones/importes monetarios, todo lo que se exprese en bolívares habrá que multiplicarlo por 1 millón, incluyendo el salario, el presupuesto de gasto público, pero también y necesariamente la cantidad de dinero.

En ese caso circulará 1 millón de veces más de bolívares para atender unas necesidades de intercambio de mercancías cuyos precios serán 1 millón de veces mayores y por lo tanto un PIB que será 1 millón de veces más grande.

Preguntamos a los monetaristas, ¿ese aumento de la cantidad de dinero 1 millón de veces mayor consecuencia de la nueva escala y expresión monetaria implicará una inflación y un deterioro del poder adquisitivo?

La respuesta es no porque la nueva escala se aplicará a todas las expresiones monetarias.

Ataque imperial al bolívar. Cambio de escala criminal

Cuando el imperialismo ataca el bolívar, lo que realmente hace es manipular la escala del bolívar.

Por ejemplo, cuando de repente el tipo de cambio pasó de 730 BsS/US$ en diciembre de 2018 a 3.155 en enero 2019 no es que cambió el valor del bolívar, no hay manera de explicar que se haya depreciado 330% en menos de 1 mes, sino que fue la escala y con ella la expresión monetarias que fueron manipuladas en el contexto de la ejecución del Plan del Comando Sur que incluía la autoproclamación de Guaidó, el eufemismo de la ayuda humanitaria que ingresaría por Colombia y el robo de CITGO.

A diferencia de los Estados que lo hacen de un día para otro, el imperialismo lo hace de manera paulatina buscando “legitimar” su poder de marcación del tipo de cambio haciendo uso de la hegemonía de los medios de comunicación.

Desde el 2006 y en escalada han estado en ese plan, posicionando esos portales web.

Desde el 2013 han manipulado la escala de medición del bolívar y con ella la expresión monetaria añadiéndole 10 ceros a la derecha, multiplicándola por 10.000.000.000.

En 2014 el tipo de cambio era 40 BsS/US$, hoy es 400.000.000.000 BsS/US$.

Ataque por cierto más que confesado por ellos mismos.

Aquí lo importante es reconocer que lo que cambia es la escala y expresión monetaria y no el valor del bolívar.

Pero hay un detalle si lo comparamos con los ejemplos anteriores.

Cuando el imperialismo manipula el tipo de cambio, no es que todas las expresiones/importes monetarios cambian en la economía, solo lo hacen los precios de los bienes y servicios.

No así el salario, ni el presupuesto público de gastos, ni la cantidad de dinero que circula derivando en una gran desestabilización económica, social y política.

Si cada vez que el imperialismo ataca nuestra moneda se aplicara esa nueva escala a absolutamente todos los precios e importes expresados en bolívares, la economía quedaría idéntica solo que, con varios ceros a la derecha, pero el efecto de deteriorar el poder adquisitivo y la capacidad de ejecución en la administración pública sería neutralizado.

Indexación de la economía

La indexación no es otra cosa si no garantizar que esa nueva escala y expresión monetarias impuestas criminalmente por el imperialismo sea aplicada a todos los precios e importes de la economía, incluyendo salarios y presupuesto público, pero también y necesariamente a la cantidad de dinero que circula.

Cualquier aumento de la cantidad de bolívares consecuencia de esa manipulación criminal de la escala monetaria no solo no implicará mayor inflación, sino que garantizará que circule la cantidad de dinero necesario para producir e intercambiar las mercancías que se producen.

Hoy, en Venezuela, la cantidad de bolívares soberanos que debería estar circulando es el 80% del PIB como en 2014 y no el 1,31%, es decir, deberían circular 132.696 billones y no 2.166 billones.

Dinero necesario para el ajuste e indexación del salario, del presupuesto de gasto público y de toda la economía y para que, de paso, nuestro bolívar vaya recuperando el espacio que le fue cedido al dólar mediante políticas monetaristas que implicaron el no aumento de la cantidad de dinero en el marco de una nueva escala monetaria criminal impuesta por el imperialismo.

Tomado de: https://ultimasnoticias.com.ve/

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domingo, 1 de agosto de 2021

 

UTOPIA ROSSA


GUATEMALA: LA POBLACIÓN YA NO AGUANTA MÁS

Posted: 01 Aug 2021 10:22 AM PDT

por Marcelo Colussi

 

Desde hace algún tiempo, la ciencia social estadounidense habla de Estados fallidos. Concepto engañoso, por cierto. Los Estados no fallan. Si en todo caso hay sociedades que viven en la mayor pobreza o, mejor dicho: con enormes asimetrías a partir de una inequitativa distribución de la riqueza entre clases, eso es producto de su propia historia, de su dinámica económico-social y política. Los Estados son el mecanismo que termina legalizando esa situación.

 

En ese sentido: ¡no fallan! Los Estados, contrariando la “ingenua” visión escolar que los muestra como árbitro social neutro, como organizador de la vida civil, en realidad representan la violencia institucionalizada de la clase dirigente. Los Estados capitalistas defienden la propiedad privada de los medios de producción. Punto. Si además pueden dar servicios públicos (salud, educación, infraestructura básica, seguridad): bien (tal como pasa en el Primer Mundo). Si no los dan (la cruda realidad del Sur global), “que la población se aguante”. En los países pobres los Estados no fallan: no ofrecen buenos servicios, pero controlan al milímetro la seguridad de los capitales. En el Norte, donde hay más recursos, su función es la misma: se permiten dar mejores servicios públicos, pero básicamente están para asistir a los capitales (recuérdese de la cantidad interminable de salvatajes que realizan ante las grandes quiebras).

 

Ahora en Guatemala estamos en el año del Bicentenario. ¿Qué se festeja? ¿Independencia de qué? Las grandes mayorías, pueblos originarios y mestizos pobres, no tienen nada que festejar. Continúan los mismos males de siempre, agravados en forma exponencial por la crisis sanitaria que se vive desde el año pasado. En otros términos: Guatemala sigue postrada. Si alguien tiene algo para festejar son los grupos privilegiados, herederos en muchos casos de los amos durante la Colonia, los mismos que ahora siguen detentando la propiedad del Estado-finca que es el país. Y seguirá postrada mientras continúe siendo un país con las características actuales: capitalismo pobre, dependiente, agroexportador, mirando siempre a su amo imperial de Estados Unidos, racista y patriarcal. 

 

El Estado, ya con 200 años, trabaja solo para mantener los privilegios de la elite dominante. Además, hoy día está ganado por mafias que lo manejan con la mayor corrupción e impunidad. El final de la guerra interna hace 25 años, si bien abrió algunas expectativas, no cambió en nada la situación de base. Guatemala continúa siendo un país empobrecido. No confundir: no es un país pobre; sucede que la riqueza nacional está muy mal repartida, muy asimétricamente distribuida. Ese es el verdadero problema de fondo, el “pecado original” del país. El Estado, que no falla, “santifica” esa realidad. 

 

La corrupción es un mal agregado a la situación estructural, la guinda sobre el pastel. Si los políticos que dirigen los organismos de Estado fueran probos y no se quedaran con vueltos o hicieran sus buenos negocios en las sombras, tal como sucede habitualmente, la situación no mejoraría para las grandes mayorías populares. Es un espejismo, que cada vez se profundiza más, pensar que la causa última de los males de la población estriba en hechos corruptos de los gobernantes. De ese modo se naturaliza la estructura económica, dando por supuesto que es un robo descarado que un político, luego de haber pasado por la administración pública, tenga una mansión y vehículos de lujo, pero es “natural” que un empresario o un terrateniente sí los pueda poseer. El problema de la pobreza generalizada del 70% de la población no estriba en la corrupción de funcionarios venales sino en la forma en que se reparte la riqueza. Los administradores de turno, por último -partidos políticos que llegan al poder gracias al financiamiento de esos grupos privilegiados- son meros “empleados” del gran capital. Su rapiña es nada al lado de la rapiña permanente de los finqueros terratenientes, de los banqueros, de los industriales. El salario mínimo, que lo cobra apenas la mitad de toda la masa trabajadora -urbana o rural, mientras que las amas de casa no cobran nada- cubre apenas un tercio de la canasta básica. Eso lo dice todo. Por ese motivo 200 personas diariamente migran en condiciones irregulares buscando el “sueño americano”, arriesgando su vida y su dignidad.

 

Guatemala tiene una economía robusta en términos macros. Es la más grande del área centroamericana, y la número diez en América Latina. Pero aquí hay índices socio-económicos desastrosos. Un país donde se produce mucha comida, presenta la mitad de la población infantil con desnutrición crónica. Un país donde cada fenómeno natural que llega -huracán, terremoto, erupción volcánica- se transforma en un desastre de proporciones gigantescas. Comienza la temporada de lluvias y hay cientos de miles de afectados. ¿Por qué? Porque la estructura económico-social no permite repartir equitativamente esa riqueza, y mucho menos, prevenir lo que se sabe que va a suceder. El Estado, manejado por cualquier administración -por supuesto: siempre de derecha, muy conservadora- no varía en su función. ¡Y no falla! Cuando tiene que reprimir la protesta social, ahí está actuando a la perfección. 

 

El año pasado llegó la pandemia de COVID-19. ¿Qué sucedió? Fue una nueva tragedia. Dejó en evidencia que el sistema nacional de salud está colapsado, y que la posterior organización de la vacunación fue igualmente un desastre. ¿Por qué? Porque no se prioriza en absoluto el bienestar de la población, sino que el Estado simplemente es un gestor de los intereses de la elite, desconociendo en forma olímpica las necesidades populares.

 

La pobreza crónica que define a Guatemala -70% en situación de pobreza- no es producto solo de la corrupción de la clase política: es consecuencia de la estructura misma de la sociedad, donde un minúsculo grupo se lleva prácticamente todo, y el Estado es manejado por un Pacto de Corruptos que solo roba a cuatro manos favoreciendo los grandes negocios de esa elite y de nuevos sectores en ascenso, que tomaron auge luego de la guerra interna (siempre ligados a negocios no muy santos). Eso es importante puntualizarlo: existe una cultura de impunidad que permite la explotación más descarada, el robo de bienes públicos, la represión de la protesta social: pero todo ello -incluyendo la corrupción- es consecuencia del modelo económico vigente: capitalismo pobre y dependiente. 

 

¿Se sabe todo esto? Sí, se sabe. Cada niño que muere de hambre, o que tiene hipotecado su futuro por la desnutrición crónica que le acompaña junto al trabajo que de pequeño ya debe realizar, cada casa que es llevada por la crecida de un río en temporada de lluvias, cada mujer violentada por cualquier “macho” exponente de la cultura patriarcal que prevalece, cada miembro de los pueblos originarios que es humillado una vez más por prácticas racistas que inundan la vida cotidiana, todo eso se sabe y se podría impedir. Es la crónica de un desastre anunciado, de un desastre que la elite dominante no tiene la más mínima intención de transformar. El Estado, manejado por mafias peligrosas, santifica todo esto. 

 

Pareciera que la sucesión de presidentes cada cuatro años elegidos “democráticamente”, no termina de resolver los problemas. Eso evidencia no, como a veces se dice, que la gente no sabe elegir, sino que esta democracia formal no alcanza. ¿Habrá que buscar otra forma de democracia entonces? 

 

Las movilizaciones populares marcan un estado de ánimo de la población: la gente ya no aguanta más la miseria, el abandono, la crisis agravada por la pandemia de COVID-19, la corrupción galopante en el Estado. La destitución de un miembro del Ministerio Público como Juan Francisco Sandoval -de los pocos no corruptos del elenco gobernante- por la Fiscal General, en un acto que demuestra hasta qué punto el Pacto de Corruptos (políticos, empresarios, militares, crimen organizado) está presente en la estructura estatal, produjo reacciones populares, una gran indignación, mucha cólera. Con esto se abre un nuevo capítulo en las luchas sociales. Ahora bien: las causas estructurales que pusieron en marcha la guerra hace 60 años no han cambiado en lo sustancial. La cantidad de muertos, heridos, dolor y sufrimiento de más de tres décadas de conflicto armado interno son un recordatorio de las injusticias que marcan la historia del país. Ahora no hay incendios inmediatos a la vista, pero cualquier chispa lo puede volver a encender. Las movilizaciones, por lo que se ha visto en otras partes de Latinoamérica, producen efectos políticos (la Constituyente en Chile, por ejemplo). ¿Cómo seguirá la historia en Guatemala? 



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EE.UU.: ¿Liderazgo mundial o dictadura global?

 












EE.UU.: ¿Liderazgo mundial o dictadura global?

Por Miguel José Maury Guerrero 

30/07/2021 | EE.UU.

Fuentes: Rebelión

Sobre el inacabable arsenal norteamericano para interferir en los asuntos internos de otras naciones.

En el argot de las calles de algunas ciudades cubanas, especialmente en las de su capital, La Habana, corre una curiosa alocución: “chacalismo”, usada para calificar el abuso, la trepa astuta y violenta, el ensañamiento, la actitud ventajista ante el más débil.

El vocablo es acaso derivado del apelativo “chacal” el cual designa a un depredador carnívoro y carroñero, muy escurridizo y agresivo, oriundo de varias regiones de África y Asia.

Resulta notorio que el comportamiento internacional que, desde hace mucho, mantienen los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, se ajusta perfectamente a ese apelativo.

Lo acontecido el pasado 11 de julio en Cuba constituye una muestra más del accionar depredador e injerencista de los gobernantes estadounidenses hacia el resto del mundo y muy especialmente hacia sus vecinos latinoamericanos.

A partir del mediodía de ese domingo, una cadena de manifestaciones se suscitó casi simultáneamente en varias localidades cubanas.

Curiosamente todas las marchas derivaron rápidamente en la violencia más desenfrenada con saldo de saqueos de establecimientos comerciales, daños de vehículos policiales y particulares, cierre de vías, lanzamientos de piedras y agresiones físicas contra policías y simples pobladores que hicieron visible su rechazo a tales actos.

El comportamiento desenfrenado hacia la violencia de estos grupos no hace más que recordar las jornadas similares acontecidas en Venezuela de abril a julio de 2017, que constituyeron una reedición de los hechos acontecidos antes en el propio país sudamericano pues vale recordar que, entre diciembre de 2001 y abril de 2002 habían tenido lugar “guarimbas” similares que culminaron con el golpe de estado contra el presidente Hugo Chávez.

Idénticos hechos de violencia acaecieron en Nicaragua en 2018 durante las protestas contra el presidente Daniel Ortega.

En el caso de Cuba, para esta ocasión todos los elementos promotores de la desestabilización a escala global como los llamados tanques pensantes y entidades federales de Estados Unidos como la Agencia para la Ayuda al desarrollo, (USAID por sus siglas en inglés) y la de Promoción de la Democracia o NED, y por supuesto, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) lograron catalizar elementos que venían conformándose desde tiempo antes y además, crear nuevas condiciones para el estallido.

A las carencias que en la vida diaria de la población acarrea el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra la Isla desde hace seis décadas, se unieron las 243 medidas impuestas contra la Isla por Donald Trump durante su mandato, un supremo y weylerinano esfuerzo de asfixiar al país.

Al agobiante calor de los meses estivales sobrevinieron cortes de electricidad y consiguientes escases en el abasto de agua, por averías en las termoeléctricas, que hicieron más agobiante la vida del cubano en muchos lugares.

Por si fuera poco, comenzó la pandemia que, a partir de marzo de 2019, introdujo molestias de todo tipo y nuevas carencias a la población de la Mayor de Las Antillas.

La enfermedad trajo consigo restricciones de movimiento, cierre de locales de esparcimiento como cines, teatros, discotecas, playas y centros turísticos, lo que trajo consigo lógico malestar en masas de jóvenes que se vieron sin oportunidades de esparcimiento durante el crudo verano cubano.

Los habilidosos y siempre bien pagados efectivos de la CIA y sus instrumentos tanto en el Sur de La Florida como en las ciudades cubanas, aprovecharon para fomentar los tumultos a cambio de hacer llegar a manos de no pocos habitantes del estado antillano, partes del dinero que anualmente el Congreso norteamericano dedica a la subversión en la Isla bajo el eufemismo de “fomentar la democracia en Cuba”.

Se trata de una receta que ya va siendo demasiado repetitiva.

Todos estos ingredientes crearon la tormenta perfecta para el estallido del 11 de julio en ciudades cubanas.

Lo cierto es que Washington se toma la libertad de instrumentar una política de chantaje global a través de la cual pretenden decidir qué naciones clasifican como buenas o malas acorde a los intereses y apetencias norteamericanos, qué modelo político social deben asumir y hasta qué forma de gobierno deben tener.

A partir de estos presupuestos, el accionar de Washington se encamina a lograr sus objetivos en cualquier nación del orbe y en aras de ello emprenden acciones que abarcan una amplia gama.

Parecen estar quedando atrás, al menos como receta fundamental, los tiempos de los desembarcos de marines y los bombardeos indiscriminados de ciudades. Aunque cuidado, que aún están muy recientes las invasiones de Iraq y Afganistàn.

Los sucesivos gobernantes que pasan por la Casa Blanca, acuden a novedosas estrategias acordes a los actuales tiempos en que las nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones se abren paso.

Estas comprenden los intentos desestabilizadores de gobiernos, como los practicados desde hace mucho en diversas latitudes, y los ya mencionados y màs recientes en Venezuela, Nicaragua, Bolivia -durante el golpe de estado contra el presidente legítimo de esa nación Evo Morales- y Cuba.

Todos estos acontecimientos responden a la hechura del consabido Manual de las Fuerzas Armadas Estadounidenses que preconiza los llamados “golpes suaves o blandos”.

Se trata de un documento inspirado en el libro “De la dictadura a la democracia”, del ideólogo estadounidense Gene Sharp quien, a través de 198 medidas, preconiza una macabra receta sobre la forma de eliminar gobiernos molestos para Washington en forma supuestamente pacífica, aunque las evidencias acumuladas demuestran que nunca tales recomendaciones desembocan en acciones precisamente carentes de violencia.

El inacabable arsenal norteamericano para interferir en los asuntos internos de otras naciones abarca además proyectos tan agresivos como el linchamiento de dirigentes, funcionarios o jefes militares, al estilo del ejecutado contra el General Iraní Qasem Soleimani en enero de 2020 o del científico nuclear más importante de esa nación Mohsen Fakhrizadeh, a finales de noviembre de ese mismo año.

El poderoso país del norte practica asimismo una amplia política de aplicación de sanciones de todo tipo, que ha devenido piedra angular de su política internacional en todo el orbe.

Estas pueden ser decretadas por Washington contra naciones, instituciones y hasta personas naturales de cualquier país.

Tan prepotente e impune actuación se lo permite su colosal poderío económico, el cual se irradia de muchas maneras, hacia todos los confines del globo terráqueo.

Su moneda, el dólar, y su aplastante poderío comercial, le facilitan relaciones mediante las cuales, las principales instituciones bancarias internacionales y organizaciones financieras, las grandes corporaciones, fábricas y empresas que manejan las producciones de todo tipo en las naciones latinoamericanas, europeas, asiáticas y africanas, tienen lazos de diferente forma y grado de dependencia hacia sus similares norteamericanos y por tanto, no escapan de su influencia.

A pesar de que algunos analistas internacionales le ven al dólar estadounidense en momentos recientes, señales de decadencia, actualmente su hegemonía resulta impresionante.

Tal preponderancia constituye un fenómeno geopolítico iniciado en el siglo XX, en el cual el mismo ha devenido moneda fiduciaria y se convierte en la principal de reserva y referencia a nivel internacional.

En 2016 este efectivo se utilizaba en un 87,6% de las transacciones a nivel mundial, y hoy representa alrededor del 60% de las reservas globales.

Los embates de la recesión de 2009, surgida del colapso del mercado inmobiliario de Estados Unidos debido a la crisis financiera de 2007-2008 y la crisis de las hipotecas de alto riesgo, sacudieron fuertemente la economía norteamericana.

Pese a ello, ese estado continúa figurando como el país más rico, poderoso e influyente de la Tierra.

En julio de 2019 se estimaba en 20.5 billones su Producto Interno Bruto (PIB) nominal​ (equivalente a 20.5 trillones en el sistema de medición anglosajón).

Esta cifra representa aproximadamente 1/4 del PIB nominal mundial.

En virtud del poder de influencia que le otorgan tales indicadores, Estados Unidos instrumenta un deshonesto quehacer y es así que en los momentos actuales, esa nación mantiene bajo sanciones de diferentes tipos a 20 naciones de todos los continentes del mundo.

Venezuela y Cuba en América Latina; Birmania en el sudeste asiático, Corea del Norte en Asia; Iraq, Irán, Libia, Líbano y Siria en el Medio Oriente; Yugoeslavia, Bielorrusia, Ucrania y Rusia en Europa; Zimbabwe, Sudán, Somalia, Costa de Marfil, Yemen, Sudán del Sur y República Democrática del Congo en África, son blancos actuales de las sanciones estadounidenses.

Según cálculos conservadores, ello significa que la población de todos esos estados en su conjunto, ascendente a unos 23 mil 741 millones 671 personas, sufren las consecuencias de criminales medidas unilaterales dictadas desde Washington.

Las penalidades presentan un amplísimo abanico de pasos punitivos como el bloqueo económico, comercial y financiero, su política más extendida.

Esta la mantiene sobre Cuba desde hace más de seis décadas, y con diferentes niveles de ensañamiento, la ha decretado sobre otras naciones como Irán, Corea del Norte, Libia en tiempos de Muamar El Khadafi, Iraq en época del gobierno de Saddan Hussein, Venezuela y Nicaragua, entre otras muchas.

La Casa Blanca implementa asimismo, la prohibición de las importaciones procedentes de países sancionados y el congelamiento de los activos gubernamentales en EE.UU.

Las sanciones contra el sector financiero, energético y de defensa de varios estados es otra de sus políticas restrictivas unilaterales, como también lo es un grupo de medidas contra personas en específico de diferentes naciones.

Algunas de éstas son la congelación de activos y prohibición de visados para funcionarios, la denegación de la entrada a EE.UU. y el congelamiento de los bienes que funcionarios de gobierno puedan tener bajo jurisdicción estadounidense, así como también la prohibición de visado para personas de alto nivel.

A la hora de aplicar sanciones, los gobiernos norteamericanos han manejado un buen arsenal de espurias excusas.

Entre las más recientes se encuentran la supuesta violación de los derechos humanos y el terrorismo.

Esta última la han utilizado incluso contra naciones sobre las cuales ha sido fehacientemente comprobado que Estados Unidos ha ejercido el terrorismo de estado o al menos ha mirado hacia otra parte cuando grupos opositores a determinados gobiernos han concebido y financiado acciones criminales contra éstos desde territorio estadounidense.

Tal ha sido el caso de Cuba, sobre la cual, en seis décadas, se han ejecutado decenas de actos terroristas que costaron la vida a más de tres mil cubanos y discapacidades a más de dos mil.

La lista de agresiones contra la mayor de las Antillas es larga, y abarca, desde acciones militares, hasta económicas, biológicas, diplomáticas, psicológicas, mediáticas, de espionaje, así como la ejecución de sabotajes e intentos de asesinato de líderes.

No obstante el gobierno norteamericano ha incluido reiteradamente a La Habana en su lista unilateral de naciones que patrocinan al terrorismo, paso que carece de toda base y lògica.

A través de documentos desclasificados y declaraciones de testigos participantes en operaciones encubiertas y otros empeños criminales, ha salido a la luz pública que el Gobierno norteamericano ha alentado, financiado y protegido a regímenes dictatoriales en América Latina y el Caribe, Medio Oriente, África y Asia, sin contar las decenas de invasiones y golpes de Estado, telón perfecto para el sometimiento y la subordinación.

El rosario de desmanes que Estados Unidos acumula en su quehacer internacional es amplio y acaso el peor de todos es su desfachatado desconocimiento a los organismo internacionales como la ONU.

Un ejemplo a la vista de esto ha sido la prepotente actitud mantenida por Washington ante las sucesivas resoluciones adoptadas mayoritariamente en la Asamblea General de la ONU contra el bloqueo a Cuba.

En octubre último ese órgano de la ONU aprobó por 184 votos la resolución que pide el fin del cerco contra la Mayor Isla del Caribe, un hecho que se suma a las 28 adoptadas anualmente desde 1992, cuando el órgano de debate empezó a votar sobre la cuestión.

En todos los casos, como escandalosa muestra de prepotencia, la Casa Blanca ha desoído el reclamo.

Hechos como este permiten asegurar que muy lejos del liderazgo internacional que sus gobernantes, voceros y medios de prensa proclaman como un deber y hasta un derecho para Estados Unidos, esa nación ha devenido realmente una dictadura mundial.

FIN

Tomado de: https://rebelion.org/

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