miércoles, 8 de septiembre de 2021

Afganistán ¿pivote del mundo? (I)

 

Afganistán ¿pivote del mundo? (I)

 














30 de agosto de 2021, último avión de Estados Unidos sale de Kabul

Agosto 31, 2021

Vladimir Acosta

Seguimos con la geopolítica.

No podemos desentendernos de ella porque somos parte de ese mundo en disputa; pero también porque todo nos indica que esa disputa está definiendo nuevos caminos en el contexto actual del planeta y creando situaciones que, por lejanas que nos parezcan, no dejan -o no dejarán- de afectarnos.

Pero así mismo porque el desastre estadounidense en Afganistán se halla hoy en el centro de ese replanteo y de esas nuevas perspectivas que prometen dar nuevas formas al cuadro geopolítico mundial.

Y para tratar de no perdernos en medio de esas complejas perspectivas, convendría echarle primero una atenta mirada al panorama actual de Eurasia, y más precisamente al de los grandes y poderosos países que hoy se mueven en torno a Afganistán y a la crisis que ha desatado la catastrófica derrota política y militar que los afganos acaban de propinarle al imperio estadounidense.

Para hacerlo usaré como referencia a Mackinder, el gran geógrafo y geopolítico británico de quien hablé en un artículo reciente y a su visión geopolítica de Eurasia como Isla del Mundo, porque todo indica que esa vieja visión del planeta y de las claves geográficas y políticas que sirven de base a su dominio están resucitando ahora, incluso con rasgos actuales y por razones que renuevan las ideas originales que Mackinder expusiera para darle sustento hace ya un siglo.

En efecto, salvo los ciegos imperialistas yankees que no admiten su imparable decadencia, todos los análisis serios de las perspectivas del mundo para este siglo XXI muestran que será (y que lo es ya de hecho) el siglo de Asia, como nos hace ver la realidad que tenemos delante cada día y los sólidos datos en que esa visión se apoya.

 

Veamos en detalle el panorama.

China es la clave y centro de todo.

Por cierto, Mackinder llevó su Isla del Mundo solo hasta la frontera china dejándola fuera porque China era entonces un país invadido, destrozado y en guerra civil.

Pero esa China ya no existe porque hoy China es otra.

Bajo la dirección del Partido Comunista, creado por cierto hace cien años, en 1921, en Shanghai, China enfrentó y derrotó al colonialismo europeo que la ocupaba y mantenía dividida, a sus cómplices como Chiang kai shek, servidor de Estados Unidos, al Japón imperial y asesino que la invadió masacrando a su pueblo, y a Estados Unidos que intentó recolonizarla.

Con enorme apoyo popular, el Partido Comunista tomó el poder en 1949 y desde entonces China, bajo su dirección, y al precio de vivir mil experiencias, unas frustradas, otras exitosas, se ha convertido hoy en un enorme país, rico y poderoso, en el país que encarna ese ascenso y dominio asiáticos.

Su influencia política y su creciente poder económico, científico, tecnológico, militar y cultural superan ya a Estados Unidos, que más allá de amenazar y sancionar, no sabe qué hacer para pararlo.

 

Rusia, en su doble carácter de país europeo y asiático, que va del extremo occidente europeo a la punta oriental del Asia, es el otro eje de ese nuevo dominio mundial euroasiático en ascenso.

 

En tiempos de Mackinder el viejo imperio ruso se había convertido en país socialista.

En la Segunda Guerra respondió al brutal ataque de los nazis y los aplastó.

Pero debió enfrentar luego al entonces ascendente poder mundial estadounidense.

No fue capaz de competir con él ni de superar sus serias contradicciones internas; y en 1991, combinadas ambas causas, se derrumbó y fue desmembrado.

Vivió años terribles.

Pero bajo el gobierno de Putin se recuperó y hoy es una potencia que supera en lo militar a Estados Unidos, crece económicamente, se extiende por Siberia al extremo oriental del Asia y tiene excelente relación con las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguizistán) que ahora son independientes y amigas también de China.

De modo que China y Rusia, estrechamente aliadas, con sus políticas inteligentes y amistosas con todos esos países y con sus planes económicos de desarrollo continental, dominan la mayor parte del inmenso territorio euroasiático, de esa extensa Isla del Mundo de que hablara Mackinder.

Y no hay que olvidar como fuerzas que forman parte también de ese proyecto al contradictorio Pakistán, país nuclear, que al menos neutraliza a India; y a Irán, que es el país más importante del Medio Oriente.

 

Veamos ahora los obstáculos que se oponen a ese proceso.

El primero es India, enorme país, nuclear, rival de China y fiel a Estados Unidos.

Pero India vive una honda crisis estructural: Gandhi orientó ese país hacia la pobreza, la miseria y el subdesarrollo mientras China escogía una vía socialista que buscaba crecimiento, justicia social y mejorar la vida del pueblo.

Hoy, mientras China superó la pobreza y reduce diferencias sociales, India, que cuenta con una pequeña élite rica y un sector tecnológico de primer nivel, debe soportar una inmensa población que va de pobre a miserable y ronda 800 millones de habitantes.

India debe primero superar su desigualdad para intentar asumir liderazgos de esa talla.

El otro es Japón, que tiene una enorme deuda de sangre con China.

Japón es aún una potencia, sí, pero ya estancada.

Alcanzó su cénit en los 40 del siglo XX, y se expandió por Asia cometiendo crímenes horrendos.

Pero debió enfrentarse a Estados Unidos, que lo aplastó, le arrojó dos bombas atómicas y le impuso un protectorado al cual continúa sometido.

 

Sigue luego la decadente Europa, que enfrenta a China y a Rusia como servil protectorado que es de Estados Unidos, cuyas órdenes sigue y cuyos mandatos acata, aunque la perjudiquen.

Pero Europa también sabe que mantenerse atada al tembloroso imperio yankee la llevaría de la decadencia a la ruina, y es por ello que trata en forma solapada de acercarse a China, aunque todavía se resiste a buscar una relación política normal con Rusia, que beneficiaría a ambas.

Tendría que hacerlo, y en todo caso, sus países líderes, Alemania y Francia, ensayan ya ese juego que China y Rusia también impulsan con prudencia.

 

Y por supuesto está Estados Unidos que, por su excluyente vocación imperial es el principal enemigo de ese proceso.

Mackinder lo dejó también fuera de su esquema, aislado por sus dos océanos en la distante América.

Pero justo entonces Estados Unidos, en la Primera guerra mundial, empezaba su expansión hacia Europa y alcanzó a dominarla luego de la Segunda guerra.

La convirtió en protectorado, la llenó de bases militares, usó el plan Marshall para dominar su economía y cuadró poco a poco a sus gobiernos en el anticomunismo.

Sin dejar Europa, pasó al Asia y con su ambición petrolera pronto controló el petróleo del Medio oriente, pero más allá no pudo con China y fracasó en Vietnam, aunque con la Guerra fría, que terminó ganando en los 90, hundió a Rusia.

 

 Pero esta se recuperó.

Creyó controlar luego a China y se equivocó.

Lo descubrió ya tarde.

Y cuando se creía único dueño del mundo, le llegó el tiempo de la decadencia.

En sus guerras ha cometido crímenes horribles como en Corea y Vietnam, y el rechazo de los pueblos asiáticos hacia él es enorme.

La invasión de Irak fue un monstruoso crimen; y ahora Afganistán lo deja en ridículo ante el mundo.

A Estados Unidos le resulta cada vez más costoso ese esfuerzo de pobres resultados.

A decir verdad, parece estar en lento pero imparable repliegue en lo tocante al Asia continental, en la que ha sido derrotado, siendo de ello Afganistán el ejemplo más rotundo y contundente.

¿Y por qué en este contexto Afganistán podría ser una suerte de pivote del mundo?

Intentaré explicarlo en el próximo artículo.

Sin olvidar, por supuesto, comentar también lo que podría significar cualquier repliegue geopolítico de Estados Unidos para el futuro de nuestra América Latina.

Tomado de: https://ultimasnoticias.com.ve/

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Afganistán ¿pivote del mundo? (II)

 

Afganistán ¿pivote del mundo? (II)  















Las mujeres que asisten a universidades privadas deben usar una bata abaya y un niqab. (Foto de Aamir Qureshi / AFP)

Septiembre 7, 2021

Vladimir Acosta

Preguntarse si en cuanto a ayudar a definir el dominio geopolítico euroasiático del mundo Afganistán ha sido desde hace décadas una suerte de pivote en que se apoyan logros y perspectivas actuales de ese dominio geopolítico, no es descabellado, como parecería a primera vista.

Y no lo es porque ese país pequeño y pobre, situado en el corazón de Asia central y rodeado de vecinos poderosos, ha estado en el centro tanto de los planes de dominio imperial de Estados Unidos para someterlo como de los de China por integrarlo al logro de la unidad continental euroasiática que le permita dar curso sin obstáculos a los ambiciosos planes de desarrollo económico y comercial que viene impulsando.

En 1971 Afganistán parecía un reino pacífico y tranquilo.

En 1973 el rey es derrocado y el país se convierte en una república progresista.

El ala radical del Partido comunista, que se llama Partido democrático del pueblo afgano, da un golpe de estado y se adueña del poder.

Quiere cambios sociales, pero su sectarismo y su violencia tienen mucho rechazo.

El islamismo radical crece y el gobierno pide ayuda a la Unión soviética.

Esta invade el país, cayendo así en la trampa estadounidense, y empieza a empantanarse.

Los gobiernos de Estados Unidos, primero Carter y luego Reagan, reactivan la Guerra Fría, denunciando el peligro comunistay el poder de Rusia sobre el gobierno afgano.

Pronto convierten esa lucha en cruzada mundial contra el comunismo soviético centrado ahora en Afganistán.

Así, Estados Unidos, aliado con Pakistán, impulsa una abierta y costosa política terrorista pro islámica y crea, financia, arma y entrena todo tipo de organizaciones fundamentalistas islámicas.

Al frente de ellas, los llamados mujahedines centran su acción terrorista en Afganistán, pero también penetran las vecinas repúblicas soviéticas de entonces y se proyectan hacia los países musulmanes de Oriente Medio.

De esa criminal política estadounidense derivan todos los violentos movimientos islámicos terroristas y fundamentalistas que conocemos.

 

De ellos el más reciente para entonces fue el de los talibán, creado en 1994.

Los talibán, brutales fundamentalistas afganos de etnia paschtum, la mayoritaria del país, calificados por Estados Unidos de luchadores por la libertad, encabezan la lucha antirrusa y la maltrecha Rusia se retira del país.

El gobierno tolerante que deja, es masacrado, y los talibán, con apoyo interno y yankee, se adueñan del poder en 1996.

 

En septiembre de 2001, con el ataque a las torres del WTC, vuelve Afganistán al primer plano.

 

Con cinismo, Estados Unidos declara ahora la guerra contra el terrorismo y acusa a Osama ben Laden, creador de Al Qaeda, viejo agente suyo, de ser responsable del ataque y de ocultarse en una cueva afgana protegido por los talibán.

Con apoyo, invade Afganistán dando inicio a la guerra que 20 años después acaba de terminar hace poco con la derrota más humillante que el hoy decadente imperio yankee haya sufrido.

La historia del ataque a las Torres es un amasijo de mentiras.

La versión oficial es falsa y ha sido cuestionada al punto de que el gobierno de Estados Unidos congeló cualquier investigación oficial por 50 años.

Los atacantes eran sauditas y nada tenían que ver con Afganistán, cuya invasión, como la de Irak en 2003, fue planificada desde antes, también basada en mentiras.

La responsabilidad de ben Laden es más que dudosa; y sus videos, declaraciones de voz y confesión de responsabilidad en el atentado son falsos montajes yankees, como parece serlo el truculento show que montó Obama años después acerca de su captura y muerte.

 

Los argumentos para justificar la guerra fueron falsos o ambiguos: Evitar un nuevo ataque como el de las torres.

¿Desde Afganistán? Proteger a las mujeres afganas defendiendo sus derechos conculcados por los talibán.

¿Ignoraban eso habiendo sido sus promotores, armadores y financistas?

Cierto que hicieron algo al respecto.

Pero el interés por los talibán disminuyó cuando Estados Unidos, al frente de una enorme coalición, invadió en 2003 a Irak, país petrolero y rico, mientras la guerra afgana, que parecía fácil de ganar, avanzaba poco en medio de bombardeos, destrucciones y masacres.

Los verdaderos objetivos no están claros, además de que cambiaron con los años.

Se habló de hacer del país una democracia islámica.

Biden acaba de negarlo, aunque Blinken lo matiza diciendo que se quería convertir a Afganistán en país que sirviera los intereses de Estados Unidos, que es justamente lo que ellos llaman democracia.

El verdadero plan, no declarado, se definió en años siguientes: bloquear con la cuña afgana en su poder la expansión económica china y su enlace con Irán y Rusia, que entonces comenzaba a cobrar forma.

Nada de esto importa ahora.

Fracasaron.

Y el resultado fue el vergonzoso desastre que hemos visto.

Con ello Afganistán vuelve al primer plano mundial.

De modo que, pase lo que pase ahora, todo indica que la victoria afgana ha sido el pivote del que derivan la derrota y el casi seguro repliegue estadounidense del Asia central, lo que fortalece la expansión euroasiática de China y Rusia y conforma lo que sería un cambio decisivo del actual cuadro geopolítico de nuestro planeta.

Pero Afganistán tiene además la ocasión de servir de pivote para su propio progreso.

 Dependerá de lo que decida el Talibán y de lo que realmente haga.

Sus líderes actuales saben —y han declarado— que no pueden volver a gobernar con el terrorismo, la intolerancia y los feos crímenes del pasado porque nadie reconocería su gobierno y el país se hundiría en una guerra civil que lo llevaría al desastre.

Han declarado que cambiaron, que las mujeres podrán estudiar y trabajar y tendrán derechos, que respetarán a la prensa, que su país no será usado para atacar a países vecinos, que quieren ayuda de estos para poner en marcha el suyo y contribuir a sacarlo de la pobreza.

Han conversado con China, que les ofrece acuerdos comerciales para incorporarlos a la Ruta de la seda, construir infraestructura, explotar riquezas como litio y tierras raras que el país tiene y que años atrás no se sabía.

Ningún país vecino ha roto relaciones con ellos y hasta Turquía propone conversar.

El más renuente es Rusia, pero no porque no esté interesada sino solo porque los conoce y exige antes garantías seguras contra el terrorismo.

Y hasta Estados Unidos declara estar dispuesto a conversar con ellos.

Nada es fácil.

No se les cree.

Por su pasado, pero también porque no son una fuerza vertical y homogénea y varios líderes locales suyos siguen hablando de sharia estricta, de encerrar a las mujeres y perseguir música, danza y toda opinión innovadora.

Además, no les será fácil formar gobierno.

 

 Deben enfrentar al IS-K, sector el más criminal del ISIS (o Daesh), grupo terrorista enemigo suyo metido en el país y autor del reciente ataque terrorista del aeropuerto de Kabul.

 

Sin aplastarlos no hay futuro ni toma del poder.

 

 Y Estados Unidos, aun derrotado y en repliegue en el continente, buscando salir de ese otro pantano que es Irak, seguirá tratando de pescar en río revuelto, usando para ello terrorismo, infiltración de agentes, espías y mercenarios, mientras continuará por los mares asiáticos amenazando a China con sus provocaciones y sus acorazados.

En fin, es que el panorama está abierto y no deja ni dejará de ser complejo.

La situación de las mujeres es asunto prioritario y urgente sobre el cual no basta declarar.

Hay que actuar.

Y son ellas las que deben decidir.

Lo del terrorismo exige compromisos firmes.

La aplicación de la sharia es otro punto clave.

O se modera y flexibiliza su uso o el país volverá, no al siglo VII, como en 1996, sino a la guerra civil y al caos.

Son puntos por definir que no van a esperar mucho.

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¿Por qué la mayor cantidad de dinero no es la causa de la hiperinflación en Venezuela?

 

















¿Por qué la mayor cantidad de dinero no es la causa de la hiperinflación en Venezuela?

 

Septiembre 6, 2021

Pasqualina Curcio

Es preocupante cómo los economistas monetaristas y neoliberales, valga la redundancia, caen en un cúmulo de contradicciones al querer imponer dogmáticamente su teoría cuantitativa del dinero para explicar la realidad.

Su principal postulado es que el aumento de los precios o inflación siempre es consecuencia del aumento de la cantidad de dinero “sin respaldo” en la economía.

No olvidemos que la corriente monetarista es el sustento teórico del neoliberalismo, y de paso, el velo del arma más criminal del imperialismo: el ataque a las monedas.

El problema no es que ellos se contradigan en sus propios principios, tampoco que sean incapaces de demostrarlos teórica y empíricamente, lo verdaderamente preocupante son los efectos de las políticas económicas que se desprenden de su diagnóstico errado y que consisten principalmente en la disminución de la cantidad de dinero lo cual va de la mano con la congelación de los salarios, la reducción del gasto público y del tamaño del Estado.

Políticas todas cuyos efectos terminan siendo devastadores sobre el pueblo trabajador tal como lo ha demostrado el neoliberalismo en medio siglo de historia.

Claro que, lo más preocupante es escuchar a “revolucionarios socialistas” defendiendo, dogmáticamente, los postulados y recomendaciones monetaristas.

En otras palabras, escuchar decir a un “revolucionario” que no se puede aumentar el salario porque no hay dinero y que, aumentar la cantidad de dinero “sin respaldo” generará mayor inflación, sinceramente, no tiene precio, tampoco tiene explicación.

En todo caso, dicen los monetaristas que los precios en Venezuela han aumentado porque el Estado ha emitido dinero “inorgánico” o “sin respaldo” para, de manera populista, gastar más de lo que tiene.

Según su teoría, ese dinero llega a los hogares venezolanos y al gobierno, quienes, al tener más dinero aumentarán la demanda de bienes y servicios, pero al encontrarse con una oferta limitada que no puede dar respuesta a dicha demanda, derivará en una escasez presionando los precios al alza.

En estas situaciones, según los propios monetaristas, el efecto final en la economía será, por una parte, un aumento de los precios (inflación) y por la otra, un aumento de los niveles de producción de la economía reflejado en un incremento del PIB.

Acto seguido, la solución que dan es recortar la cantidad de dinero por la vía de la reducción del Estado y la congelación de los salarios y las pensiones.

Incurren en, por lo menos, 5 contradicciones al contrastar lo que afirman en el párrafo anterior con lo que efectivamente ocurre en la realidad venezolana.

Veamos una a una sus contradicciones basándonos en su propia teoría.

1.- El Estado ha emitido dinero “inorgánico” o “sin respaldo”

Aunque en términos absolutos, la cantidad de bolívares ha aumentado desde el año 2013, cuando lo comparamos con el tamaño de la economía, que es lo que realmente importa para chequear si efectivamente ese dinero adicional está o no “respaldado” en los niveles de producción, observamos que, al contrario de lo que dicen los monetaristas, la cantidad de dinero ha disminuido 68% entre 2013 y 2020.

Según datos del BCV, en 2020, la liquidez monetaria se ubicó en 17% con respecto a los niveles de producción, es decir, por cada 100 bolívares que se producían circulaban 17 bolívares, mientras que en 2013 era 54%, o sea, por cada 100 bolívares que se producían, circulaban 54 bolívares.

Se estima que hoy, agosto 2021, la cantidad de bolívares con respecto a los requerimientos de la economía, no llega ni al 2% del PIB.

Tendrán los monetaristas alguna explicación dadas estas cifras.

Sugerimos que revisen esta primera contradicción.

2.- El Estado, de manera populista, gasta más de lo que tiene

Históricamente el gasto público en Venezuela ha sido, en promedio, el 33% del PIB, hoy no llega al 2,5% de la producción nacional, en 2012 representaba el 40,29%.

¿De dónde sacan los monetaristas que el Estado está gastando más de lo que tiene?

 Pregunten a los ministros, gobernadores, alcaldes, presidentes de empresas del Estado o cualquier autoridad de los 5 poderes públicos, si les alcanza el presupuesto de gasto para por lo menos cumplir con el 10% de las metas programadas.

3.- Los hogares y el gobierno aumentaron la demanda de bienes y servicios

Según datos del BCV, entre 2013 y 2018 (no hay datos de 2019 y 2020) la demanda agregada no aumentó como afirman los monetaristas, por el contrario, cayó 62%.

Por su parte, el consumo de los hogares para el mismo período y según datos del mismo organismo, disminuyó 52%, mientras que el gasto del gobierno cayó 30%.

Así que no es cierto que haya aumentado la demanda en la economía presionando los precios al alza.

No tenemos los datos de 2019 y 2020, pero probablemente la demanda ha caído aún más.

En todo caso, sugerimos a los monetaristas que vayan a los hogares venezolanos y pregunten quiénes en este país están demandando y consumiendo más bienes que en 2013.

En Venezuela no ha aumentado la demanda, ha caído, lo que resulta una grave e imperdonable contradicción en la que incurren los monetaristas basándose en su propia teoría.

4.- Hay una oferta limitada que no puede dar respuesta a la “mayor demanda”

La industria en Venezuela está operando al 22% de su capacidad instalada según datos de CONINDUSTRIA, lo que significa que, si efectivamente hubiese habido un aumento de la demanda agregada como consecuencia de la “mayor cantidad de dinero” como afirman los monetaristas, la economía hubiese tenido suficiente margen para responder sin que hubiese un impacto más que proporcional en los precios.

En términos económicos, no estamos en una situación de plena capacidad de producción, al contrario, nos encontramos en el tramo elástico de la oferta agregada.

Revisen esta otra contradicción.

5.- Efecto final en la economía: inflación y aumento del PIB

Esta es la contradicción más vergonzosa en la que incurren los monetaristas.

Es el caso que, la producción nacional en Venezuela, medida por el PIB, para nada ha aumentado, por el contrario, ha disminuido 73% entre 2013 y 2020 (datos del BCV hasta 2018 y estimaciones de la CEPAL para los años 2029 y 2020).

¿Cómo explican que, según su teoría, estemos ante la presencia de una inflación de demanda, la cual siempre se caracteriza por aumento del PIB, pero que, en Venezuela, por el contrario, haya caído la producción?

 No es cualquier detalle esta contradicción.

Sugerimos que revisen la diferencia entre la inflación de demanda y la de costos en sus textos básicos de economía monetarista.

Mientras se insista en el diagnóstico errado de que la hiperinflación en Venezuela es consecuencia del aumento de la cantidad de dinero y no se reconozca que la causa determinante y originaria es el ataque al bolívar, el cual ha sido criminal y de paso confesado por el imperialismo, no solo no se logrará resolver contener el aumento de los precios, sino que con las políticas monetaristas de contracción de la cantidad de dinero seguirán echando más leña al fuego y potenciando los efectos del ataque al bolívar, a saber, mayor deterioro del poder adquisitivo del pueblo trabajador, peor desempeño de la administración pública, mayor caída de la producción, e incursión de la moneda del enemigo.

Tomado de: https://ultimasnoticias.com.ve/

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