Los 'monstruos' de Monsanto: más de un siglo
envenenando el planeta
Publicado: 24 abr 2015 11:40 GMT | Última actualización: 24 abr 2015 11:53 GMT - RT
Hoy en día el nombre de Monsanto se asocia principalmente con los organismos modificados genéticamente (OMG), pero en sus 113 años de existencia, la empresa ha trabajado en esferas muy diferentes, produciendo desde plástico hasta el agente naranja. Los efectos de este trabajo siguen sintiéndose en todo el mundo y en algunos casos la ciencia ya ha demostrado que tienen consecuencias extremadamente dañinas en el medio ambiente y la salud humana.
Actualmente, Monsanto es el principal productor del herbicida glifosato Roundup y la hormona bovina de crecimiento, que preocupan por sus efectos en animales, en personas y en el medio ambiente.
Según la página web de la empresa, su principal desafío es "cubrir las necesidades actuales y preservar el planeta para el futuro", pero los resultados de su actividad son motivo para dudar de esta afirmación.
Debido a los efectos nocivos de los productos creados por Monsanto, la multinacional se ha encontrado con una gran resistencia entre la población mundial, expresada a través de fuertes críticas y multitudinarias protestas que se celebran sistemáticamente en todo el mundo. Además, la empresa ha sido acusada en reiteradas ocasiones de falsificaciones y cabildeo.
Las voces del pueblo han conseguido que Monsanto y los organismos modificados genéticamente hayan sido prohibidos en algunos países mientras en muchos otros la lucha continúa y los ciudadanos, preocupados por su salud y la de sus hijos, están lejos de abandonar la batalla.
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Agente naranja, armas nucleares, PCB, la hormona de crecimiento bovino... La historia ha demostrado más de una vez los efectos de las creaciones de Monsanto. Aquí tienen una lista de los
10 'monstruos' más peligrosos que la multinacional ha lanzado al mercado
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En 1901 John Francisco Queeny fundó la compañía Monsanto Chemical Works en St. Louis, Misuri, para producir sustitutos del azúcar para Coca Cola. Más tarde, diversos estudios con ratas de laboratorio demostraron que la sacarina produce cáncer, y en seis estudios realizados en humanos por el Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU. se descubrió que quienes consumen edulcorantes artificiales como la sacarina o el ciclamato son más propensos a sufrir posteriormente cáncer de vejiga.
1. Sacarina
2. PCB (bifenilos policlorados)
En 2003, Monsanto pagó más de 600 millones de dólares a los vecinos de Anniston (Alabama), donde se producían estos productos químicos. Los residentes de la zona habían sufrido graves problemas de salud, como cáncer, enfermedades hepáticas y enfermedades neurológicas. Según investigaciones realizadas en EE.UU. en 2011, este elemento sigue apareciendo en la sangre de las mujeres embarazadas, mientras que otros estudios relacionan el PCB con el autismo.
3. Poliestireno
4. Armas nucleares y bomba atómica
5. DDT (dicloro difenil tricloroetano)
6. Dioxina
7. Agente naranja
8. 'Fertilizantes' a partir de petróleo
9. El aspartamo
La empresa afirma que NutraSweet está presente en 5.000 tipos de productos y es consumido por 250 millones de personas en todo el mundo. Está declarado apto para el consumo humano en más de 90 países. En febrero de 1994 el Departamento de Salud y Servicios Sociales de EE.UU. publicó una lista de 94 efectos adversos que la sustancia puede tener en la salud humana.
En 2012, a partir de datos del Instituto Ramazzini (Italia) que lograron probar los efectos carcinógenos de NutraSweet en ratas, la Comisión Europea solicitó comenzar un nuevo proceso de reevaluación de este compuesto.
10. Hormona de crecimiento bovino
Según varias investigaciones, sobre todo europeas, existe un vínculo entre la leche rBGH y el cáncer de mama, cáncer de colon y cáncer de próstata en seres humanos. Se destaca que el producto causa los efectos más graves en los niños por dos simples razones: toman más leche que los adultos y tienen menor masa corporal que pueda procesar los contaminantes de la leche. La hormona está prohibida en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Israel, la Unión Europea y Argentina.
Mitos y realidades
En su página web para México, la compañía Monsanto aclara algunos "mitos" en torno a los cultivos transgénicos. Entre otras cosas, "desmiente" las siguientes creencias:- que los alimentos transgénicos sean dañinos para la salud;
- que los agricultores pierdan al no poder guardar las semillas transgénicas;
- que los herbicidas aumenten el impacto ambiental y dañen la biodiversidad.
Consecuencias para la salud
Recientemente la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció que el glifosato, el ingrediente activo del herbicida Roundup, el más utilizado de Monsanto a nivel mundial, se "clasifica como probable carcinógeno para los seres humanos". La declaración se basó en el análisis de estudios de la exposición realizados en EE.UU., Canadá y Suecia desde 2001, que aportaron "pruebas limitadas" de que el glifosato puede provocar el linfoma no Hodgkin en seres humanos.
El gigante de la biotecnología negó estas acusaciones y organizó una reunión urgente con representantes de la OMS. Sin embargo, según revelaron archivos de la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EE.UU. (EPA, por sus siglas en inglés), en 1981 Monsanto ya estaba al tanto de que el glifosato podía provocar cáncer en mamíferos.
Según otro estudio reciente realizado por el Instituto de Tecnología de Massachusetts, los productos de Monsanto conducen a la alteración del desarrollo del cerebro en los recién nacidos y podrían provocar una mayor tasa de autismo en EE.UU.
"Según la tasa de hoy en día, para el año 2025 uno de cada dos niños será autista", afirmó durante un evento científico la investigadora Stephanie Seneff, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, citada por el portal 'The Most Important News'.
Por su parte, investigadores egipcios descubrieron que la dieta con soja y maíz modificados genéticamente con la que alimentaron a ratas durante 30, 60 y 90 días es responsable de una gran variedad de efectos tóxicos. Entre las consecuencias negativas se incluyen daños en el ADN, hígado, riñón y testículos, espermatozoides con anomalías y alteraciones en la sangre.
"Existen riesgos para la salud vinculados con la ingesta de dietas con componentes modificados genéticamente", concluyen los autores del estudio, publicado en 'Turkish Journal of Biology'.
Pero no solo los consumidores, sino también los trabajadores de los campos de soja tratados con herbicidas de Monsanto sufren daños en su ADN y elevados niveles de muerte de sus células, según denunció un grupo de investigadores dirigido por Danieli Benedetti. "Los datos del ensayo cometa en leucocitos periféricos y de ensayo micronuclear en células bucales exfoliadas evidenciaron daños en el ADN de los trabajadores de la soja", reza su estudio publicado en el portal 'Natural Society'.
Consecuencias para los productores
El estudio argumenta que la inversión en OMG no ha logrado incrementado la seguridad alimentaria mundial y defiende los métodos tradicionales "al mostrar actualmente que aumentan los suministros de alimentos y reducen el impacto ambiental de la producción".
Durante los últimos 20 años, señala el informe, los cultivos mundiales solo han crecido un 20%, a pesar de la masiva inversión en biotecnología. Además, en las últimas décadas la fuente dominante de mejoras en la producción es el cruce tradicional, "y es probable que esto continúe en un futuro".
Un claro ejemplo del impacto de la actividad de Monsanto sobre los productores es la oleada de suicidios de agricultores en la India, país donde Monsanto controla el 95% de las semillas de algodón.
Según explica la filósofa y escritora india Vandana Shiva, lo que hizo Monsanto fue destruir las alternativas y establecer un monopolio sobre las semillas. Para atraer a los agricultores, el gigante prometió un mayor rendimiento y una reducción de los gastos en pesticidas, cosa que nunca cumplió.
Este "sistema de monopolio de alto costo sin alternativas" ha creado un contexto que propicia el aumento de las deudas, y, como consecuencia, la epidemia de suicidios de los agricultores, sobre todo en la industria algodonera.
En la misma línea van las declaraciones a RT del activista Jeffrey Smith, quien afirma que los agricultores indios se suicidan debido al fracaso de los cultivos Bt (genéticamente modificados). Investigaciones independientes confirman que "alrededor del 85% de los hogares de los agricultores en los que se produjo un suicidio está vinculado directamente al fracaso del algodón Bt y aproximadamente otro 10% se vincula indirectamente al fracaso del mismo", explica Smith.
Según el activista, la estrategia con la que Monsanto empuja a los agricultores indios a comprar sus semillas modificadas consiste en realizar las pruebas de campo en condiciones ideales, con riego. Sin ellas, las semillas no son tan buenas. Además, la corporación infló las estadísticas para prometer que este tipo de semillas son garantía de prosperidad, cuenta Smith.
El monopolio del que hablan los expertos ha afectado a los productores de otros países, en primer lugar, los países donde existen variaciones de la llamada 'ley Monsanto', que regulan los derechos sobre los organismos genéticamente modificados y que, según denuncian los agricultores, favorecen a grandes empresas transnacionales vulnerando los derechos de los campesinos.
Así, en enero de 2014, el Tribunal Supremo de EE.UU. ratificó los derechos de Monsanto sobre las patentes de semillas de ingeniería genética y la capacidad de la empresa para demandar a los agricultores cuyos campos estén inadvertidamente poblados con sus OMG.
De esta manera, el alto tribunal dejó intacta una decisión del Tribunal Federal de Apelaciones que desestimaba la demanda contra Monsanto de los Productores Orgánicos de Semillas y la Asociación de Comercio y más de otros 80 demandantes que buscaban frenar a la compañía de agroquímicos en su intento de demandar a cualquier persona en cuyo campo hubiera semillas registradas por la compañía sin pagar los derechos de patente.
El grupo de demandantes, que incluía muchas familias de agricultores estadounidenses y canadienses, compañías semilleras independientes y organizaciones agrícolas, buscaba protección preventiva contra las patentes de Monsanto, ya que el gigante biotecnológico había presentado más de 140 demandas en contra de los agricultores por la siembra de semillas de ingeniería genética de la compañía sin permiso.
Los demandantes argumentaban que no querían los organismos genéticamente modificados de Monsanto y querían protección legal en caso de contaminación accidental con los productos de la compañía.
Leyes parecidas fueron aprobadas en otros países, como México, donde se denomina la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados. En Chile, la iniciativa entró en tramitación en 2009, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet, pero en 2014, durante su actual mandato, se anunció la retirada de su tramitación.
Pero no solo los agricultores estadounidenses y latinoamericanos, sino también los africanos podrían ser víctimas de la 'ley Monsanto'. A principios del pasado mes de enero se informó de un proyecto de ley sobre el mejoramiento de las semillas que había recibido el apoyo del Parlamento de Ghana, y que, a tenor de muchos expertos, podría poner en jaque la soberanía alimentaria del país africano, ya que contiene reglas que restringirían las prácticas ancestrales de los agricultores.
Dicha iniciativa prohibiría a los campesinos locales el libre almacenamiento, el intercambio, y la mejora de las semillas, ya que se pretende proteger los derechos de propiedad intelectual de la biotecnología, haciendo que los agricultores estén sujetos a fuertes multas por cultivar cualquier cosa que haya sido 'patentada', incluso si estos cultivos provienen de polinización cruzada.
"El impacto económico en la vida de los agricultores será desastroso […]. El origen de los alimentos es la semilla. Quien controla las semillas controla toda la cadena alimentaria", aseveró Duke Tagoe, vocero de la asociación Soberanía Alimentaria de Ghana.
Consecuencias para el medio ambiente
Uno de los casos más recientes es el de la mariposa monarca, la más emblemática de Norteamérica, cuyo hábitat está siendo destruido por culpa de los pesticidas producidos por la empresa.
Segun un informe publicado en febrero de este año por los científicos del Centro para la Seguridad Alimentaria de EE.UU., el extenso uso en la agricultura del herbicida Roundup ha puesto al borde de la extinción a la población norteamericana de la mariposa monarca.
Los científicos explican que la tecnología agraria que combina el uso del glifosato, la sustancia activa del herbicida, con el cultivo de plantas genéticamente modificadas ha diezmado la fuente principal de alimentos de esta especie de mariposas: el algodoncillo y otras hierbas del género 'Asclepias'.
"Dejar que la mariposa monarca desaparezca para permitirle a Monsanto vender su herbicida durante unos cuantos años más es simplemente vergonzoso", declaró el director ejecutivo del centro, Andrew Kimbrell.
Después de estas acusaciones, el gigante de biotecnología declaró que destinará cuatro millones de dólares a salvar la población de mariposas monarca.
En otro caso alarmante, ocurrido el otoño pasado en Ontario (Canadá), más de 37 millones de abejas murieron después de que en la zona fuera plantado maíz transgénico.
Los apicultores culpan de la muerte de sus colonias a los neonicotinoides, sobre todo al imidacloprid y la clotianidina, dos insecticidas que se aplican tanto a semillas como a tratamientos foliares y que penetran en el polen y el néctar.
A las consecuencias para la fauna hay que añadir las emisiones de productos químicos tóxicos en las fábricas de la empresa.
Como prueba de ello, el pasado mes de marzo la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EE.UU. (Environmental Protection Agency, EPA) y el Departamento de Justicia anunciaron un acuerdo por el cual el gigante agricola pagará 600.000 dólares por no haber reportado cientos de emisiones sin control de productos químicos tóxicos en su fábrica de fosfato situada en el estado de Idaho.
Dichas emisiones se produjeron entre 2006 y 2009 en las instalaciones de Monsanto en la ciudad de Soda Springs. Entre los productos químicos que se emitieron había cianuro de hidrógeno, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y mercurio.
Rechazo a Monsanto
Las dos manifestaciones de mayor escala se produjeron en octubre de 2013 y en mayo de 2014.
El 12 de octubre de 2013, Día Internacional contra Monsanto, ciudadanos de diferentes estados de EE.UU. y de todo el mundo se lanzaron a las calles para pedir más claridad en el etiquetado y denunciar dos cosas: por un lado el carácter dañino de los productos transgénicos y, por otro, el excesivo control e intervencionismo de las multinacionales como Monsanto en la política estadounidense.
En mayo de 2014 se organizó un evento mundial para plantar cara a los esfuerzos del gigante agrícola para dominar el suministro mundial de alimentos. Millones de activistas anti-OMG de 400 ciudades de 52 países unieron sus fuerzas contra la empresa biotecnológica.
En uno de los casos más recientes, en enero de 2015, miles de personas se manifestaron en Berlín para mostrar su rechazo al tratado de libre comercio entre la Unión Europea y EE.UU. Agricultores y ecologistas denunciaron los riesgos que este acuerdo representa para Alemania, ya que temen que el documento abra el mercado europeo a los productos transgénicos y químicamente tratados procedentes del país norteamericano.
Los riesgos que representan los transgénicos han sido denunciados incluso por personalidades de diferentes ámbitos. Así, el célebre actor estadounidense Chuck Norris, frustrado por los riesgos que representa para la salud el herbicida más popular del mundo, advirtió en un artículo en 'WND Health' sobre el peligro de este producto fabricado por Monsanto.
El actor destacó que, para la regulación del glifosato, el Gobierno de EE.UU. se basa en pruebas y datos proporcionados por Monsanto, que considera que los riesgos son insignificantes. "Pero tengo una sensación incómoda al escuchar expresiones como 'riesgos insignificantes' o 'pruebas insuficientes' cuando el tema es el impacto potencial y la proliferación continua de un compuesto sintético siempre presente que todavía tiene que ser objeto de un estudio amplio e independiente por parte del Gobierno de EE.UU.", subraya.
Rechazado por países enteros
En enero de 2015, después de que el Parlamento Europeo aprobara una directiva que permite a cada miembro decidir si prohíbe los transgénicos o no en su territorio, el gigante de la biotecnología confirmó que "no gastará más dinero en convencer a la gente de que los cultive".
China, uno de los máximos compradores de maíz norteamericano, demuestra últimamente una política de tolerancia cero hacia la importación de productos genéticamente modificados, aumentando el consumo de su producción propia.
En opinión de muchos expertos, Pekín empezó a rechazar los suministros de maíz estadounidense en noviembre pasado cuando detectó una cepa genéticamente modificada que no había sido aprobada por el Ministerio de Agricultura chino.
En Rusia, la Comisión Gubernamental de Actividades Legislativas aprobó a finales de enero un proyecto de ley que prohíbe el cultivo de plantas y la cría de animales modificados genéticamente en el territorio del país, salvo para la investigación científica. Además, el documento le da al Gobierno el derecho de prohibir la importación de productos que contengan OMG basándose en los resultados del seguimiento y la investigación científica.
La lucha contra la multinacional continúa en otros países, como México, donde productores de maíz y científicos se esfuerzan en impedir que el Gobierno autorice a transnacionales como Monsanto el cultivo de granos transgénicos del maíz, uno de los alimentos básicos del país. "Ese maíz no tiene vida, ese maíz no tiene espíritu. Ese maíz no es nuestro hermano. Es un ser extraño para nosotros. Para nosotros lo sagrado es nuestro maíz", explicó a RT Amalia Sala Casales, una productora tradicional de maíz de Sochimilco.
En Argentina, diversos partidos y agrupaciones ambientalistas presentaron en 2014 un proyecto de repudio contra la empresa Monsanto y sus productos.
Rodrigo Lampasona, comunicador y activista de la campaña 'Yo no quiero transgénicos en Chile' dijo a RT que es muy importante que los ciudadanos de América Latina estén participando en movimientos en contra de las actividades de las multinacionales transgénicas en la zona.
"Las compañías necesitan vender sus químicos. Estas empresas nunca antes se habían dedicado a la producción de alimentos, son grandes empresas agroquímicas —Monsanto es solo una de las seis más conocidas— y lo que a ellas les interesa es el monopolio de los alimentos (si se puede llamar alimentos a lo que construyen en el laboratorio), ya que aquí se mueve una cantidad extraordinaria de dinero y, por supuesto, lo que se pretende es tener el monopolio de la semilla, de los alimentos", especifica el activista.
"Por lo tanto, cualquier estrategia que estas compañías transgénicas hagan, siempre la van a hacer desde la falta de ética total", concluye Lampasona.
Conozca las 7 formas en las que Monsanto destruye nuestra salud
Publicado: 18 mar 2015 17:51 GMT - RT
Thierry Roge / Reuters
El gigante de la biotecnología Monsanto acumula numerosas denuncias por los daños para la salud y las consecuencias negativas para el medio ambiente que conlleva la modificación genética de semillas y cultivos que practica la empresa.
'El Ciudadano' recopila siete motivos por los que la empresa biotecnológica Monsanto Corporation es nociva para nuestra salud:SEPA MÁS SOBRE MONSANTO AQUÍ.
1. Agente Naranja: En los años 60, la compañía era uno de los fabricantes y el principal beneficiario de este producto utilizado como arma química en la guerra de Vietnam. Como resultado del uso del agente naranja, alrededor de 400.000 personas murieron o sufrieron mutilaciones, 500.000 niños nacieron con malformaciones y un millón de personas quedaron discapacitadas o sufrieron problemas de salud. EE.UU. ha permitido a Monsanto y a otras empresas químicas realizar apelaciones y recibir protección ante las querellas y denuncias de los veteranos de guerra que alegaron daños y perjuicios por estos hechos.
2. Aspartame: Ya en el año 1994 el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE.UU. (HHS, por sus siglas en inglés) publicó un informe que enumeraba 94 problemas de salud causados por este edulcorante no calórico. Se ha demostrado que causa daños graves que se acrecientan mediante el consumo prolongado, destruyendo áreas vitales del cuerpo humano. Sin embargo, el aspartame sigue presente con otras denominaciones en muchos productos comestibles habituales.
Reuters
4. Somatotropina bovina recombinante (rBGH): También llamada hormona de crecimiento bovino, es una hormona modificada genéticamente por la empresa que se inyecta en las vacas para aumentar la producción de leche. Según varias investigaciones, existe un vínculo entre la leche rBGH y el cáncer de mama, cáncer de colon y cáncer de próstata en seres humanos. La hormona está prohibida en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Israel, la UE y Argentina.
Reuters
6. Cultivos modificados genéticamente: Son creados por Monsanto mediante la manipulación genética del maíz, el algodón, la soja y la canola con el ADN de una fuente extraña. Estos cultivos están diseñados para ser resistentes a grandes dosis del herbicida RoundUp, y como consecuencia están generando la aparición de 'supermalezas', también resistentes a los herbicidas. Por este motivo, el herbicida RoundUP es cada vez más fuerte.
Reuters
Los estragos del agente naranja en Vietnam
Por Dpa mié, 22 abr 2015 17:05 La Jornada

La pequeña Hai Yen, de dos años, en un centro ortopédico de Hanoi. Foto Dpa
Danand, Vietnam. El anciano arrastra los pies por su sobria habitación, dirigiéndose con dificultad hacia el armario. Allí, agarra una carpeta de plástico cubierta con un andrajoso paño de lino. Contiene un papel amarillento, con los bordes desgastados y escrito a máquina, en el que se lee: "Hguyen Triem trabajó como conductor para la agencia de seguridad estadounidense NSA. Fue muy concienzudo y lo recomendamos plenamente."
Hace 40 años, el 30 de abril de 1975, cayó la ciudad de Saigón, último bastión de las tropas de Vietnam del Sur apoyadas por Estados Unidos que luchaban contra los comunistas del norte. Los estadunidenses huyeron en helicóptero de la que ahora se conoce como Ciudad Ho-Chi-Minh. Aunque la operación militar de EU había terminado hacía ya dos años, miles de "asesores" siguieron ayudando al régimen sudvietnamita hasta el final. Cuatro décadas después, la "guerra americana", como se conoce en Vietnam, es historia. Pero sus consecuencias no.
Hguyen trabajaba al servicio de los estadounidenses en Danang, en el centro de Vietnam. "Ocho años", dice señalando su amarilleado documento. ¿Y qué hacía exactamente, y dónde? A sus 83 años, el hombre se siente abrumado por tantas preguntas. Pero Danang es el aeropuerto en el que se almacenaron miles de barriles con herbicidas y defoliantes, entre los que también se encontraba el famoso Agente Naranja que, como después reconoció Estados Unidos tras las quejas de sus propios veteranos de guerra, causaba graves daños de salud y malformaciones de nacimiento en las posteriores generaciones.
Hguyen, quien padece Parkinson y problemas auditivos, tiene siete hijos. El mayor está muerto y los tres siguientes, nacidos en los 60, sufren distintas discapacidades graves, por lo que viven en casa con él y su mujer. Sus otras tres hijas están sanas, afirma.
Dava, la organización de víctimas del Agente Naranja en Danang, ayuda a los Hguyen dándoles a veces comida y otras, dinero. Según sus datos, tres millones de vietnamitas sufren las consecuencias de este herbicida contaminado con TCDD, un compuesto de dioxina extremadamente tóxico, y al menos 150 mil bebés nacieron con malformaciones desde el final de la guerra.
Aunque fueron los soldados quienes estuvieron expuestos al químico, los que más lo sufren son sus hijos y nietos. Aún hoy siguen naciendo niños con malformaciones que en Estados Unidos se reconocen como derivadas de la dioxina.
La llamada Operation Ranch Hand comenzó en 1962 y se prolongó durante nueve años. En total, se rociaron 75 millones de litros de defoliantes y herbicidas con el fin de destrozar las cosechas y lograr detectar mejor a los combatientes ocultos en la selva.
"El Agente Naranja tenía una concentración 50 veces mayor que la recomendada para acabar con las malas hierbas", escribe el instituto estadounidense Aspen. "Muchos de los campos rociados con él siguen estando contaminados hoy en día y no son productivos". Más tarde, veteranos de guerra estadounidenses calificarían la operación como "el mayor ataque de guerra química en la historia mundial".
Una de las últimas víctimas del Agente Naranja es el pequeño Nghia Quach Dai, de seis años. Nació con sólo dos dedos y una pierna que acaba por debajo de la rodilla. "El padre de mi mujer fue soldado", explica el papá de Nghia, que lleva a su hijo a un centro ortopédico en Hanoi donde se prueba prótesis y recibe sesiones de fisioterapia. Linh Chi tiene 11 años y también espera recibir una nueva prótesis para la pierna. Su madre sufrió un tumor en los riñones y su abuelo materno, que igualmente era soldado, falleció de cáncer a los 66 años.
La organización humanitaria Cruz Verde, fundada en 1993 por iniciativa del ex presidente ruso Mijail Gorbachov, financia el centro ortopédico. "Ayudamos en todo el mundo a familias afectadas a largo plazo por las consecuencias de guerras, conflictos o actividades industriales", señala Maria Vitagliano, responsable del programa de medicina social.
En Estados Unidos, 2.6 millones de veteranos de guerra están reconocidos como víctimas del Agente Naranja y han sido indemnizados. Este químico se considera causa directa de más de 20 enfermedades, entre ellas leucemia, cáncer de próstata, enfermedades nerviosas, diabetes o la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, Washington rechaza cualquier responsabilidad en Vietnam y, aunque financia algunos programas para minusválidos, sostiene que lo hace "independientemente del origen" de sus malformaciones.
La organización semiestatal vietnamita para las víctimas del Agente Naranja Vava se muestra indignada ante la situación. "El Ejército estadounidense pasó aquí relativamente poco tiempo, pero nosotros tenemos que sufrir sus consecuencias durante generaciones", dice su secretario general, Nguyen The Luc. "Cientos de miles han muerto y en muchas familias se ha perdido a casi una generación entera". En algunos casos, las malformaciones de nacimiento no aparecen hasta la tercera generación.
Así sucedió en el caso de Hai Yen, un bebé de dos años y medio. La pequeña tiene una pierna demasiado corta que muestra de mala gana a la terapeuta. No quiere llorar, pero se le escapa una lágrima. "Mi padre estuvo en la guerra", cuenta la madre de la pequeña. "Tiene 73 años y Parkinson".
En los 90, más de 15 años después de que terminara la guerra, la consultora medioambiental canadiense Hatfield comenzó a realizar pruebas sobre el terreno. "Los bosques y campos rociados con defoliantes ya no presentaban concentraciones elevadas de dioxina", señala el biólogo de Hatfield Thomas Boivin. "Pero en torno a las antiguas bases aéreas estadounidenses, la situación es distinta".
El terreno donde se almacenaron antaño los químicos continúa hoy contaminado. Hatfield identificó varios "puntos calientes", entre ellos Bien Hoa, cerca de Ciudad Ho-Chi-Minh, y el aeropuerto de Danang. En 2009 se hallaron concentraciones elevadas de dioxina en los vecinos que pescaban en un estanque cerca del aeropuerto, así como en los peces. En 2012, Estados Unidos comenzó a limpiar los suelos contaminados.
Beau Saunders dirige el proyecto de descontaminación en el aeropuerto de Danang, financiado por la organización estadunidense Usaid. Los estadunidenses han construido un gigantesco "horno" de hormigón en un terreno tan grande como un campo de futbol. "Hemos retirado la tierra contaminada, hasta ahora 45.000 metros cúbicos. Ésta tiene que cocer al menos durante 21 días a 325 grados", explica Saunders. "Una vez completado el proceso, la tierra queda libre de dioxina, pero estéril y no apta para el cultivo".
La primera limpieza estará lista a lo largo de esta primavera (boreal), afirma Joakim Parker, jefe de la oficina de USAID en Hanoi. Para ello, tendrán que "cocer" otros 50 mil kilómetros cúbicos de tierra, aproximadamente. El gobierno estadounidense ha destinado 84 millones de dólares al programa. No obstante, el mayor "punto caliente" de tierra contaminada es, según Parker, Bien Hoa. Y por el momento, el plan de saneamiento y financiación aún está en vías de desarrollo.
"Puntos calientes", cocer tierra, medir el contenido en dioxina... todo eso suena lejano para Nguyen Huu. Aunque este hombre de 61 años no fue soldado durante la guerra, tras la retirada de los estadounidenses vivió 18 años en Dalat, una región muy afectada por los herbicidas y defoliantes. Su mujer murió de cáncer en 2005, víctima de la dioxina, según la organización Dava. Y él, que perdió un brazo en un accidente, cuida sólo de sus dos hijas minusválidas. Tiene un nieto que nació con hidrocefalia.
Hace 40 años, el 30 de abril de 1975, cayó la ciudad de Saigón, último bastión de las tropas de Vietnam del Sur apoyadas por Estados Unidos que luchaban contra los comunistas del norte. Los estadunidenses huyeron en helicóptero de la que ahora se conoce como Ciudad Ho-Chi-Minh. Aunque la operación militar de EU había terminado hacía ya dos años, miles de "asesores" siguieron ayudando al régimen sudvietnamita hasta el final. Cuatro décadas después, la "guerra americana", como se conoce en Vietnam, es historia. Pero sus consecuencias no.
Hguyen trabajaba al servicio de los estadounidenses en Danang, en el centro de Vietnam. "Ocho años", dice señalando su amarilleado documento. ¿Y qué hacía exactamente, y dónde? A sus 83 años, el hombre se siente abrumado por tantas preguntas. Pero Danang es el aeropuerto en el que se almacenaron miles de barriles con herbicidas y defoliantes, entre los que también se encontraba el famoso Agente Naranja que, como después reconoció Estados Unidos tras las quejas de sus propios veteranos de guerra, causaba graves daños de salud y malformaciones de nacimiento en las posteriores generaciones.
Hguyen, quien padece Parkinson y problemas auditivos, tiene siete hijos. El mayor está muerto y los tres siguientes, nacidos en los 60, sufren distintas discapacidades graves, por lo que viven en casa con él y su mujer. Sus otras tres hijas están sanas, afirma.
Dava, la organización de víctimas del Agente Naranja en Danang, ayuda a los Hguyen dándoles a veces comida y otras, dinero. Según sus datos, tres millones de vietnamitas sufren las consecuencias de este herbicida contaminado con TCDD, un compuesto de dioxina extremadamente tóxico, y al menos 150 mil bebés nacieron con malformaciones desde el final de la guerra.
Aunque fueron los soldados quienes estuvieron expuestos al químico, los que más lo sufren son sus hijos y nietos. Aún hoy siguen naciendo niños con malformaciones que en Estados Unidos se reconocen como derivadas de la dioxina.
La llamada Operation Ranch Hand comenzó en 1962 y se prolongó durante nueve años. En total, se rociaron 75 millones de litros de defoliantes y herbicidas con el fin de destrozar las cosechas y lograr detectar mejor a los combatientes ocultos en la selva.
"El Agente Naranja tenía una concentración 50 veces mayor que la recomendada para acabar con las malas hierbas", escribe el instituto estadounidense Aspen. "Muchos de los campos rociados con él siguen estando contaminados hoy en día y no son productivos". Más tarde, veteranos de guerra estadounidenses calificarían la operación como "el mayor ataque de guerra química en la historia mundial".
Una de las últimas víctimas del Agente Naranja es el pequeño Nghia Quach Dai, de seis años. Nació con sólo dos dedos y una pierna que acaba por debajo de la rodilla. "El padre de mi mujer fue soldado", explica el papá de Nghia, que lleva a su hijo a un centro ortopédico en Hanoi donde se prueba prótesis y recibe sesiones de fisioterapia. Linh Chi tiene 11 años y también espera recibir una nueva prótesis para la pierna. Su madre sufrió un tumor en los riñones y su abuelo materno, que igualmente era soldado, falleció de cáncer a los 66 años.
La organización humanitaria Cruz Verde, fundada en 1993 por iniciativa del ex presidente ruso Mijail Gorbachov, financia el centro ortopédico. "Ayudamos en todo el mundo a familias afectadas a largo plazo por las consecuencias de guerras, conflictos o actividades industriales", señala Maria Vitagliano, responsable del programa de medicina social.
En Estados Unidos, 2.6 millones de veteranos de guerra están reconocidos como víctimas del Agente Naranja y han sido indemnizados. Este químico se considera causa directa de más de 20 enfermedades, entre ellas leucemia, cáncer de próstata, enfermedades nerviosas, diabetes o la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, Washington rechaza cualquier responsabilidad en Vietnam y, aunque financia algunos programas para minusválidos, sostiene que lo hace "independientemente del origen" de sus malformaciones.
La organización semiestatal vietnamita para las víctimas del Agente Naranja Vava se muestra indignada ante la situación. "El Ejército estadounidense pasó aquí relativamente poco tiempo, pero nosotros tenemos que sufrir sus consecuencias durante generaciones", dice su secretario general, Nguyen The Luc. "Cientos de miles han muerto y en muchas familias se ha perdido a casi una generación entera". En algunos casos, las malformaciones de nacimiento no aparecen hasta la tercera generación.
Así sucedió en el caso de Hai Yen, un bebé de dos años y medio. La pequeña tiene una pierna demasiado corta que muestra de mala gana a la terapeuta. No quiere llorar, pero se le escapa una lágrima. "Mi padre estuvo en la guerra", cuenta la madre de la pequeña. "Tiene 73 años y Parkinson".
En los 90, más de 15 años después de que terminara la guerra, la consultora medioambiental canadiense Hatfield comenzó a realizar pruebas sobre el terreno. "Los bosques y campos rociados con defoliantes ya no presentaban concentraciones elevadas de dioxina", señala el biólogo de Hatfield Thomas Boivin. "Pero en torno a las antiguas bases aéreas estadounidenses, la situación es distinta".
El terreno donde se almacenaron antaño los químicos continúa hoy contaminado. Hatfield identificó varios "puntos calientes", entre ellos Bien Hoa, cerca de Ciudad Ho-Chi-Minh, y el aeropuerto de Danang. En 2009 se hallaron concentraciones elevadas de dioxina en los vecinos que pescaban en un estanque cerca del aeropuerto, así como en los peces. En 2012, Estados Unidos comenzó a limpiar los suelos contaminados.
Beau Saunders dirige el proyecto de descontaminación en el aeropuerto de Danang, financiado por la organización estadunidense Usaid. Los estadunidenses han construido un gigantesco "horno" de hormigón en un terreno tan grande como un campo de futbol. "Hemos retirado la tierra contaminada, hasta ahora 45.000 metros cúbicos. Ésta tiene que cocer al menos durante 21 días a 325 grados", explica Saunders. "Una vez completado el proceso, la tierra queda libre de dioxina, pero estéril y no apta para el cultivo".
La primera limpieza estará lista a lo largo de esta primavera (boreal), afirma Joakim Parker, jefe de la oficina de USAID en Hanoi. Para ello, tendrán que "cocer" otros 50 mil kilómetros cúbicos de tierra, aproximadamente. El gobierno estadounidense ha destinado 84 millones de dólares al programa. No obstante, el mayor "punto caliente" de tierra contaminada es, según Parker, Bien Hoa. Y por el momento, el plan de saneamiento y financiación aún está en vías de desarrollo.
"Puntos calientes", cocer tierra, medir el contenido en dioxina... todo eso suena lejano para Nguyen Huu. Aunque este hombre de 61 años no fue soldado durante la guerra, tras la retirada de los estadounidenses vivió 18 años en Dalat, una región muy afectada por los herbicidas y defoliantes. Su mujer murió de cáncer en 2005, víctima de la dioxina, según la organización Dava. Y él, que perdió un brazo en un accidente, cuida sólo de sus dos hijas minusválidas. Tiene un nieto que nació con hidrocefalia.
Los rostros del agente naranja en Vietnam
29 abril 2015 | CUBADEBATE
Aún hoy siguen naciendo niños con graves malformaciones. Los afectados y el gobierno de Hanoi reclaman indemnizaciones a Washington, así como la descontaminación total del país.
Tran Van Don, es un excombatiente de la guerra. Su hija y una nieta han nacido ciegas.
“No sé cómo me infecté. No me di cuenta hasta que mi mujer tuvo a mi hija. Tengo otros compañeros a los que les ha pasado lo mismo”, dijo entrevistado por el enviado especial de teleSUR a ese país, Vicent Montagud.
“Sólo deseo que, en el futuro, encuentren una forma de curar la ceguera de mi hija para que pueda tener una mejor calidad de vida”, expresa por su parte la hija de exsoldado vietnamita, Tran Thi Hang.
“Ahora estamos preparando una cuarta demanda. Vamos a intentar contratar un equipo de abogados estadounidenses, porque si no es muy difícil ganar. Las tres veces anteriores nos han dicho que nos faltan pruebas”, explicó el general vietnamita Tran Ngoc Tho, miembro de la Asociación de Afectados por el agente naranja.
Los hijos del Agente Naranja
En el hospital Tudu de Ho Chi Minh atienden en estos momentos a más de 60 niños afectados. Algunos, con graves malformaciones, nunca vistas antes de la guerra.“Los problemas más comunes son cáncer y problemas genéticos que son hereditarios. Hay una familia con 15 miembros afectados”, relata.
Niños con los brazos o las piernas retorcidas. Sin ojos para mirar un mundo que tampoco entenderían. Niños con el cerebro más grande que el cráneo. Niños que sufren fuertes dolores y no paran de chillar. Los médicos sólo pueden administrarles sedantes. Son malformaciones incompatibles con la vida.
(Tomado de Telesur)
Un millón de firmas contra el glifosato, el herbicida más popular que la Coca Cola
EL CIUDADANO
La decisión de la Agencia para la Investigación sobre el Cáncer de la OMS de considerar al herbicida más popular y globalmente utilizado en el mundo, el glifosato, como una substancia “probablemente cancerígena para humanos” (grupo de substancias 2A de la IARC), ha encendido todas las alarmas. Las de los ciudadanos asustados, que han empezado a recoger firmas solicitando la retirada del producto, pero también las de la famosa multinacional Monsanto, que ve peligrar su negocio más rentable y niega la existencia razones científicas convincentes para llegar a tales conclusiones.
Los primeros llevan recogidas en unos pocos días casi un millón de firmas. Evidentemente tenemos miedo, y por pura precaución debería ser una prioridad mundial realizar con urgencia estudios serios, rigurosos y determinantes con la finalidad de garantizar la salubridad del planeta y, mientras tanto, restringir al máximo la utilización de este polémico producto.
El glifosato es la base del RoundUp, la fórmula química clave del imperio transgénico de Monsanto que les reporta ganancias de 6.000 millones de dólares al año. La empresa dice que el informe de la OMS no ha tenido en cuenta otros muchos estudios donde se demuestra exactamente lo contrario, su inocuidad. Desdice las conclusiones de los 17 de los mejores expertos en oncología del mundo que revisaron a fondo estudios independientes aunque, eso sí, excluyendo aquellos realizados por las empresas que buscaban la aprobación del veneno para poder seguir vendiéndolo. A estas alturas, la independencia de algunos expertos pagados por las multinacionales está más que en entredicho.
Hace cincuenta años, el pesticida DDT se usaba en todo el mundo, hasta que el esencial libro de Rachel Carson Primavera Silenciosa demostró su peligrosidad en personas y medio ambiente. Para cuando se prohibió llevaba décadas matándonos.
El grupo de expertos de la OMS ha dictaminado ahora que existen “pruebas suficientes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma no Hodgkin)”. Para esto último se basaron en estudios de exposición a glifosato de agricultores en Estados Unidos, Canadá y Suecia. Si hicieran estos mismos estudios en Sudamérica, donde se planta el mayor volumen de soja transgénica resistente a glifosato del planeta, los resultados serían aún más graves, pues allí la fumigación aérea y la falta de control está mucho más extendida.
Un excelente artículo de mi compañera de 20 Minutos Amaya Larrañeta explica con todo detalle los pros y contras del popular veneno; qué, cómo, dónde, para qué y cuáles son sus efectos y posibles alternativas. Os lo recomiendo.
Se han encontrado residuos de glifosato en aire, agua y alimentos. También en la orina de los europeos y en la leche materna de las norteamericanas. En algunas zonas agrícolas con grandes plantaciones de transgénicos donde se usa, los casos de cáncer y malformaciones congénitas se han disparado.
En realidad este herbicida es tan popular como la coca-cola. Es con el que se fumigan las cunetas de carreteras en toda España para controlar las malas hierbas, pero también el que podemos comprar en cualquier tienda para eliminar los matojos del jardín. El usado en grandes plantaciones de maíz, pero también en las pequeñas huertas de los pueblos. La mayoría no tiene ni idea de su peligrosidad potencial. Pero al menos un millón de personas sí que estamos más que preocupadas.
http://blogs.20minutos.es/
Bruselas ignora las advertencias de la OMS
sobre el potencial cancerígeno del glifosato y
autoriza la entrada de 17 nuevos transgénico
con destino alimentario
Por: Amigos de la Tierra | Domingo, 03/05/2015 09:06 AM | Aporrea
3 de mayo de 2015.- Plataforma Rural, junto a más de 30 organizaciones de ecologistas, agricultores y consumidores, denuncia que la autorización por parte de la Comisión Europea de la entrada en Europa de 17 cultivos modificados genéticamente destinados a la alimentación, puede suponer una grave amenaza para la seguridad alimentaria en la UE. Una decisión apresurada, tomada el pasado 24 de abril, que no tiene en cuenta la reciente clasificación del glifosato como "probable cancerígeno", ni la oposición de varios gobiernos a su autorización, y que sólo puede entenderse como concesión a las presiones de la industria en las negociaciones del TTIP.
Esta decisión de la Comisión Europea resulta tremendamente inoportuna por dos razones fundamentales. La primera concierne al proceso de aprobación, y viene a confirmar el lamentable déficit democrático de la Unión Europea en lo que respecta al procedimiento de autorización de transgénicos. El procedimiento actual permite a la Comisión dar luz verde a un nuevo evento modificado genéticamente (OMG) si no hay acuerdo en el seno del Consejo –es decir, incluso si una mayoría de Estados miembro se opone a su aprobación. De hecho, la práctica totalidad de los transgénicos autorizados en la Unión Europea han sido aprobados por la Comisión haciendo uso de esta prerrogativa. Sorprende sin embargo que la decisión adoptada el viernes pasado, que pone término a un periodo de 17 meses sin ninguna nueva autorización, se realice justamente a los 2 días de haberse publicado una propuesta de nueva normativa de la Comisión supuestamente encaminada a corregir este déficit democrático.
La segunda razón se refiere al hecho de que la Comisión no haya tenido en cuenta que el 20 de marzo la Organización Mundial de la Salud, Agencia Internacional de Investigación del Cáncer, declaraba el herbicida glifosato "probable carcinógeno", incluyendo este producto entre aquellos cuyo consumo conviene evitar (Categoría 2A). Esto debería haber llevado de inmediato a la paralización del proceso de aprobación de todos los OMG resistentes a este herbicida, e incluso a la revocación de las autorizaciones concedidas anteriormente.
Se da la circunstancia de que de los 17 OMG con destino alimentario autorizados el viernes pasado por la Comisión, 15 son resistentes a herbicidas y 8 son resistentes al glifosato. Los cultivos transgénicos resistentes a los herbicidas implican una mayor presencia de residuos químicos tóxicos en los alimentos. En el caso del glifosato, la introducción de este tipo de cultivos supuso que se incrementaran los límites máximos de residuos de este herbicida permitidos en la alimentación.
Además, varios de los nuevos OMG autorizados por la Comisión tienen rasgos "combinados", es decir incorporan varios caracteres transgénicos (tolerancia a uno o varios herbicidas y resistencia a plagas) en una misma planta. Estos OMG han sido desarrollados por la industria en respuesta a la proliferación de super-plagas y de malas hierbas resistentes a los agroquímicos utilizados en los cultivos transgénicos. Su cultivo supone una preocupante huida hacia adelante, y acrecienta la dependencia de agroquímicos tóxicos que pasan a los alimentos. En consecuencia, su importación con fines alimentarios resulta enormemente preocupante desde el punto de vista de la salud. Por si fuera poco, en la evaluación de estos productos no se han tenido en cuenta los efectos sinérgicos que podrían producirse al combinarse varios de estos rasgos (y herbicidas) en una misma variedad.
Los negociadores europeos han afirmado por activa y por pasiva que los transgénicos quedarían fuera de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TTIP). Sin embargo, la decisión adoptada por la Comisión el 24 de abril es un claro guiño a los intereses de las multinacionales y el Gobierno estadounidense, que presionan para conseguir la apertura de los mercados europeos a los OMG, a pesar de una mayoría de la población europea que se opone a estos productos. En este contexto, esta decisión resulta muy oportuna: se trata de una importante concesión que coincide con la apertura de la novena ronda de negociaciones del TTIP. La Comisión Europea se ha plegado a las presiones de la poderosa industria biotecnológica y agroalimentaria (incluida la química), sacrificando a las exigencias del libre comercio el derecho a una alimentación saludable para las personas y a la soberanía alimentaria de los pueblos.
Notas: [1] International Agency Research on Cancer. IARC Monographs Volume 112: evaluation of five organophosphate insecticides and herbicides. Publicado el 20 de marzo de 2015. Disponible en inglés: http://www.iarc.fr/en/media-
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Organizaciones, grupos y colectivos firmantes:
Amigos de la Tierra, Aragón Sin Transgénicos y hacia la Soberanía Alimentaria, Ecologistas en Acción, CERAI, Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU), Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), Greenpeace, ISF-Valéncia, Periféries, Red de Semillas, SEAE y miembros de la Plataforma Rural y la Plataforma por la Soberanía Alimentaria del País Valenciá así como la Plataforma por una Andalucía Libre de Transgénicos (PALT)
La guerra química contra los pueblos
por Raúl Zibechi
22/04/2015
Análisis
En los pequeños pueblos de la pampa argentina, las fumigaciones con glifosato enferman a la población y contaminan la vida. La resistencia al modelo de agricultura industrial crece día tras día.
“Estoy aquí porque enterré a cuatro familiares”, dice Raquel en un tono casi inaudible. “Mi papá, mi primo y un hermano de mi papá que trabajaban fumigando, además de mi hermano que trabajaba en una escuela rural”. Raquel es maestra y vive en Elortondo, un pequeño pueblo de seis mil habitantes a 300 kilómetros al sur de Santa Fe, donde reinan la soja y las enfermedades provocadas por las fumigaciones. “El 80 por ciento son gente de campo”, agrega.
Raquel carga una pesada carpeta con trabajos de sus alumnos de 7° grado, casi todos de 13 años. Con ellos hicieron una amplia encuesta para conocer la realidad sanitaria de la población. La escuela está pegada a las vías del tren y frente a los silos secadores de soja. Casi todos los encuestados por los niños, sus vecinos y familiares, tienen conciencia de los problemas de salud que provocan las fumigaciones.
“Para llegar a la escuela hay que pasar cerca de los silos y no se puede respirar. Los niños que salen a la calle mientras funciona la secadora quedan con la ropa blanca, que es el polvillo que sale de los silos que se difumina en la escuela y en todo el pueblo”, explica la maestra. El proyecto que encabeza Raquel se llama “Somos lo que respiramos”, pero las autoridades les impidieron concursar ya que aborda un tema “polémico”.
Se pone triste y apaga aún más la voz cuando relata la indiferencia de las personas que podrían implicarse en la defensa de la salud. Es común que en los pueblos el presidente comunal, la directora escolar y la cooperadora con la escuela tengan algún tipo de relación con los plantadores de soja. “Vine porque en el pueblo queremos formar un grupito, para hacernos sentir”. Con esa intención llegó al 17° Plenario de la Campaña Paren de Fumigarnos de la provincia de Santa Fe.
Los pequeños grandes avances
Carlos Manessi y Luis Carreras, dos de los militantes del Centro de Protección a la Naturaleza (Cepronat), sienten que el muro de silencio se va resquebrajando por las dos noticias que se difundieron en las semanas anteriores a la celebración del plenario, a cuya organización dedicaron muchas horas de trabajo al “viejo estilo”: dedicar todo el tiempo posible a la causa.
La primera es que la Organización Mundial de la Salud declaró el 20 de marzo que “hay pruebas convincentes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma no Hodgkin)” y que el mismo herbicida “causó daño del ADN y los cromosomas en las células humanas”. El periodista ambiental Darío Aranda escribió que “el glifosato desde hace más de diez años es denunciado por organizaciones sociales, campesinas, médicos y científicos independientes de las empresas” (MU, 22 de marzo de 2015).
En Argentina hay 28 millones de hectáreas de cultivos transgénicos (soja, maíz y algodón) sobre los que se riegan 300 millones de litros de glifosato cada año. Pero también se utiliza en frutales, girasol, pasturas, pinos y trigo. Aranda explica que en la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, uno de los espacios de la OMC, 17 expertos de once países trabajaron durante un año para llegar a la conclusión de que el glifosato es cancerígeno.
El glifosato es el herbicida de mayor uso en el mundo, tanto en productos de aplicación agrícola como en espacios urbanos y en el hogar. El producto de Monsanto se comenzó a usar masivamente con el desarrollo de los cultivos transgénicos. En 1996 en Argentina se usaban 11 millones de litros de glifosato, pero ese año se aprobó la soja transgénica y la Red de Médicos de Pueblos Fumigados estima que ahora se utilizan 320 millones de litros.
En 2009, Andrés Carrasco, jefe del Laboratorio de Embriología Molecular de la Facultad de Medicina de la UBA e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet) advirtió que el glifosato producía malformaciones en embriones anfibios. Como recuerda Aranda, “debió enfrentar una campaña de desprestigio por parte de las empresas, de sectores de la academia y de funcionarios políticos”.
Carrasco abrazó la causa de los afectados por el glifosato, apoyó incondicionalmente a las poblaciones de los pueblos fumigados como las Madres de Ituzaingó[1], afirmaba que “la mayor prueba de los efectos de los agrotóxicos no había que buscarlas en los laboratorios, sino ir a las comunidades fumigadas”. Falleció en mayo de 2014, semanas después de participar en la escuelita zapatista y hoy es un símbolo de la lucha contra los agrotóxicos.
La segunda resolución que anima a Luis y Carlos es la reciente del Ministerio de la Producción de la provincia de Santa Fe, del 25 de marzo, que prohíbe la aplicación del potente tóxico 2,4-D en toda la provincia y restringe severamente la aplicación aérea y terrestre. En adelante sólo podrá usarse en aplicaciones aéreas a más de 6.000 metros de las poblaciones y en las terrestres a más de 1.000 metros de los centros poblados (http://www.cepronat-santafe.
En junio de 2014 Cepronat había presentado un expediente solicitando la prohibición o restricción del 2,4D, el agrotóxico que es el segundo herbicida más usado por la agricultura en la Argentina y el tercero en Estados Unidos. De este modo, la provincia se convierte junto a Chaco, Santiago del Estero, Entre Ríos y Córdoba, en una de las primeras en adoptar restricciones.
38 años resistiendo
Cepronat participa en la Campaña Paren de Fumigarnos, nacida en setiembre de 2006 en las provincias más afectadas del país. Santa Fe es junto a Córdoba y Buenos Aires una de las tres principales provincias sojeras. Sólo en Santa Fe la campaña reúne organizaciones y personas de cien localidades que, como señala uno de sus documentos, “veían deteriorar su calidad de vida y cambios en la forma de enfermar y de morir”.
La campaña cuenta con el apoyo de organizaciones barriales, culturales y sindicatos, como el de los maestros que cedieron el camping a 15 kilómetros de la ciudad para albergar al medio centenar de participantes del plenario. En la ronda de presentaciones se nombran unas 20 organizaciones de varios pueblos, algunos de los cuales se definen como “refugiados ambientales”, que serían hasta 250 mil en la provincia.
Una decena de militantes (del Cepronat y de otras organizaciones que integran el Foro Santafesino por la Salud y el Ambiente) preparan el espacio del encuentro, registran a los asistentes y colocan carteles. Ezio, el “presidente” de Cepronat, transpira bajo el fuerte sol del mediodía junto a la parrilla donde prepara la comida. Luis no para de trajinar, con sillas, con cajas y botellas, de trepar para colocar pancartas. Carlos abre el plenario y explica los modos de trabajo. Un equipo de gente sencilla, entregada a la lucha por la vida.
Cepronat nació en 1977, en plena dictadura militar, dos meses antes que la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo. Todos los meses publican el boletín El Ambientalista (que ya lleva 284 ediciones) con informaciones sobre los pueblos fumigados, denuncias de productos que dañan la salud y de cualquier iniciativa que destruya el medio ambiente.
El Centro de Protección de la Naturaleza “es la primera organización no gubernamental formada por ciudadanos preocupados por el ambiente en el interior de la Argentina”, que ya en 1978 se involucró en frenar las fumigaciones de mosquitos en Santa Fe, realizó cientos de plantaciones de árboles autóctonos en la ciudad y fue una de las primeras organizaciones en oponerse a la IV Central Nuclear y conseguir la ordenanza que declara “Santa Fe No Nuclear” (El Ambientalista N°283, marzo 2015).
En la década de 1990 promovió el rechazo a una represa en el Paraná Medio. Desde que comenzó a implementarse el nuevo modelo agrícola a mediados de la década, se encuentran en una encrucijada que los lleva a abordar los dos problemas principales: las aspersiones con agrotóxicos y la defensa de los espacios públicos urbanos. Es una misma lucha o, mejor, la resistencia a un mismo modelo.
Luis relata con inocultable pasión una de las últimas batallas en la que estuvo empeñado Cepronat: la defensa del parque Alberdi, un emblemático espacio verde en el corazón de la ciudad, muy cerca del río Paraná. El gobierno de la ciudad decidió remodelar el parque que alberga más de cien árboles, con menos verde, más cemento y la concesión a una empresa privada.
Lo que más rechazo generó fue la decisión de construir 300 plazas semisubterráneas para coches porque cambia la fisonomía del parque, mientras los empresarios privados que la construyen tendrán la explotación por 30 años, abonando un canon de poco más de cien dólares mensuales. La comuna les entrega un espacio público de 15 millones de dólares cuya inversión recuperarán en los primeros cinco años.
Cuando comenzaron a talar los árboles cientos de vecinos ocuparon el parque, el 14 de junio de 2014, instalaron tiendas y durmieron allí durante varios días. Crearon la Asociación Ciudadana en Defensa de lo Público y los días 14 de cada mes retornan en grupos al parque recordando la fecha de la toma. La privatización y especulación con los espacios públicos es parte del mismo modelo extractivo que los monocultivos de soja y la minería a cielo abierto.
Enfermedad y dominación
La ronda empieza los debates. Luego de las presentaciones de rigor, Carlos recuerda que la Campaña Paren de Fumigarnos lleva más de seis años recorriendo pueblos, realizando tres plenarias provinciales cada año y que ahora cuenta con la presencia del grupo de médicos de la Universidad de Rosario y de un equipo de científicos de la Facultad de Ciencias Exactas de La Plata, además de un grupo de la vecina Paraná.
Entre los testimonios de los afectados, destaca –además de Raquel de Elortondo- el de Roberto, de Ceres, una ciudad de 15 mil habitantes a 260 kilómetros al noroeste de la capital. Tiene 38 años y trabajó nueve como aplicador de agroquímicos manejando un “mosquito” hasta que comenzaron los dolores de estómago. Hace varios años que no puede trabajar porque perdió movilidad en los brazos. En el hospital le recetaron medicamentos psiquiátricos porque creían que mentía. Muchos médicos son cómplices del modelo y se resisten a aceptar la realidad de las fumigaciones.
Daniel Verzeñassi, bioquímico e integrante del Foro Ecologista de Paraná, advierte que “no sólo nos fumigan a través del aire sino del agua contaminada”. Explica que el agua de lluvia arrastra los tóxicos hasta las capas subterráneas de las que se saca el agua para consumo humano. “Los 800 o mil metros que exige el movimiento de distancia de las fumigaciones del lugar de residencia, es necesario pero insuficiente. Somos todos pueblos fumigados”, concluye.
En la ronda, alguien dice una frase densa, de esas que golpean como piedras: “Cuando predomina la enfermedad perdemos libertad”. Luego explica que la enfermedad se construye como dependencia del enfermo, anulando su autonomía. En los tres grupos que se formaron para profundizar el debate, salieron casi todos los temas centrales: desde el miedo que existe en los pequeños pueblos, que impide la denuncia y la organización, hasta la necesidad de estudiar y formarse para luchar mejor.
Alguien se pregunta “¿cómo cambia la gente?”. En el intercambio hay unanimidad en evaluar que mientras trabajaron contra las fumigaciones y los cultivos de soja, no conseguían remover la indiferencia. Pero cuando decidieron centrarse en la salud y las consecuencias sanitarias del modelo, la gente comenzó a denunciar los casos de cáncer, leucemias y malformaciones.
El médico Damián Verzeñassi recordó que de los cien mil productos liberados al ambiente desde el fin de la segunda guerra mundial (1945), “sólo dos o tres mil fueron evaluados desde el punto de vista cancerígeno”. Sostiene una tesis polémica pero que debemos contemplar: los alimentos forman parte de un proyecto geopolítico de control de la población mundial. ¿Exagerado? Días después del plenario de la Campaña, dos científicos mexicanos del Instituto de Ecología de la UNAM recordaron que “Monsanto y el gobierno de Estados Unidos conocían de la toxicidad del glifosato desde 1981” (La Jornada, 17 de abril de 2015).
Por su parte, el sindicato de maestros AMSAFE (Asociación de Magisterio de Santa Fe) destacó que en toda la provincia hay 800 escuelas rurales y periurbanas en las que trabajan dos mil maestros. El sindicato recibe muchas denuncias de maestros que enferman de cáncer y de escuelas que cierran los días de fumigaciones. Muchos directores de escuelas tienen miedo a denunciar. Para visibilizar la situación se proponen convocar un Congreso Provincial de Escuelas Fumigadas.
Campamentos sanitarios
La Facultad de Ciencias Médicas de Rosario, la mayor ciudad de la provincia y la tercera del país, vivió un viraje político en 2007, con el triunfo de una corriente que realizó cambios de fondo en la carrera. Uno de esos cambios fue la introducción de los “campamentos sanitarios” que son “un dispositivo creado en el año 2010, como Evaluación Final Integradora del Ciclo de Práctica Final de la Carrera de Medicina, que integra evaluación, investigación, docencia y extensión”, según lo define Damián Verzeñassi, responsable académico de esa materia.
Sostiene que los campamentos son una herramienta de análisis epidemiológico de las comunidades y que un estudiante no debe terminar sus estudios sin tener una experiencia que le deje en claro que obtuvo su título gracias a los aportes de toda la población y no sólo por méritos personales. Los campamentos duran cinco días y participan entre 90 y 150 estudiantes de la misma cohorte, por lo cual se realizan campamentos cada tres meses.
La facultad firma un acuerdo con el municipio, que debe ser de menos de 10 mil habitantes. Al campamentos acuden los docentes, entre diez y quince, la facultad se encarga del traslado y los equipos y el municipio del alojamiento (duermen en colchones en el suelo en escuelas o polideportivos) y la alimentación. En los tres meses anteriores los estudiantes preparan el campamento, ya saben a qué localidad van a ir y todo lo que tienen que hacer durante los cinco días que estarán en el pueblo.
A cada estudiante se le adjudica una manzana para que lunes y martes visiten todas las casas y encuesten a todas las personas. La encuesta busca una caracterización socioeconómica del grupo familiar y los principales problemas de salud que han padecido, en el último año y a su vez en los últimos 15 años. “Conseguimos una cobertura del 76% de la población en los 21 campamentos realizados”, explica Verzeñassi.
El miércoles construyen un perfil sanitario de la población. “Los docentes evaluamos el trabajo de los estudiantes, su capacidad de entrevistar, de generar empatía con el sujeto, de construir una hipótesis de diagnóstico y de identificar los elementos determinantes de la situación de salud de la familia”. Además convierten transformando las escuelas en un gran hospital de campaña, donde hacen un examen físico y control de salud de los niños, controlamos crecimiento, desarrollo y las posibles patologías.
El jueves hacen talleres de promoción de salud y prevención de enfermedades en las escuelas primarias y secundarias, pero también en las plazas y centros sociales, “porque los médicos tienen que tener la capacidad de compartir con la comunidad sus saberes para construir una comunidad más saludable. De ese modo podemos evaluar al estudiante en la práctica concreta con la gente que es lo que va a hacer cuando trabaje como médico”.
El viernes los docentes hacen la evaluación de los estudiantes y por la tarde convocan a todo el pueblo para hacer la devolución de los resultados. Luego en la facultad comparan los resultados de las diferentes comunidades a lo largo de estos años que llevan haciendo campamentos, fijando la atención en la evolución de las enfermedades en los últimos 15 años.
“Hemos comprobado que ha existido un crecimiento del cáncer que oscila entre cuatro veces y media y hasta siete más que en el primer quinquenio. Cuando empezamos a ver que en los 21 pueblos nos da incrementos similares de cáncer, de abortos espontáneos, de nacimientos con malformaciones, nos preguntamos qué hay en común en todos ellos y es que están en el medio de las áreas de producción agroindustrial con agroquímicos”, señala indignado.
Una guerra química
En 2008 en Argentina había 206 casos de cáncer cada 100 mil habitantes. En algunos pueblos encontraron hasta dos mil casos, casi diez veces más. En cuanto a las malformaciones se llega a seis niños en algunos pueblos de 4.000 habitantes cuando la prevalencia es de un caso por millón. Pero lo que más les llama la atención es que no aumenta el mismo tipo de cáncer que había antes sino que aparecen nuevos: linfomas, leucemias, cáncer de tiroides, páncreas y mamas.
Un estudio que se divulgó en el Plenario de Paren de Fumigarnos, realizado por la Universidad de La Plata a pedido de las autoridades de Monte Maíz (un pueblo agrícola de 8.200 habitantes en la provincia de Córdoba) descubrió que hay tres veces más cáncer que el promedio del país. La tasa de abortos espontáneos asciende a 9,9% de las mujeres embarazadas, frente al 3% de media nacional.
La hipótesis de “una guerra química” que busca controlar a los pueblos cobra vigor si tenemos en cuenta que empresas multinacionales y autoridades tienen perfecta conciencia de las consecuencias esperables cuando liberaron los plaguicidas.
Sin embargo, algunas cosas están cambiando, como lo demostró el encuentro de la Campaña Paren de Fumigarnos. En los pueblos existe una clara conciencia de lo que está sucediendo, como demuestra la encuesta escolar de Raquel en Elortondo. De ahí a organizarse, hay un paso: perder el miedo. Pero ese paso lo están dando cada vez más personas en más lugares.
La segunda, es que hay cambios en la academia. Verzeñassi nos recuerda que a comienzo de los campamentos había mucha resistencia entre docentes y alumnos que decían, “no querían trabajar gratis”. Pero de los diez últimos campamentos siete se hicieron a pedido de un médico del pueblo que era un graduado que había participado en los campamentos”. Este cambio en los médicos, y en los docentes –que son figuras claves en los pueblos rurales- puede torcer la balanza contra el modelo de agricultura industrial.
Sin duda la situación es bien diferente a la que existía en 2006 cuando comenzaron la campaña. La campaña contra las fumigaciones no conoce pausas. En junio se realiza en Rosario el 3er. Congreso de Salud Ambiental y el 1er. Encuentro de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad de América Latina. Se inaugura el 16 de junio, fecha del cumpleaños de Andrés Carrasco, símbolo de ese compromiso.
- Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada. Integrante del Consejo de ALAI.
[1] Ver “El modelo extractivo rechazo en las calles”, en http://www.cipamericas.org/es/
http://www.alainet.org/es/
TOMADO DE; http://noticiasuruguayas.blogspot.com/
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